✧NATHAN✧
—¡Señor Sallow! ¿Cómo le fue hoy?
Rob, mi asistente, corrió tras de mí desde que bajé del ascensor esa tarde. El joven beta era extremadamente entusiasta.
Él lo tenía todo: era entrometido, despistado, torpe, y preparaba el peor café de la ciudad, probablemente.
—Rob, por favor, necesito descansar. Ha sido un día muy largo —murmuré entre dientes—. No quiero hablar con nadie, ¿de acuerdo?
—Está bien, jefe. Como usted ordene. Cancelaré todos los compromisos en su agenda por hoy.
Rob me miró con esos enormes ojos de cachorro feliz, incluso, podía imaginarlo con una pequeña cola revoloteando en su trasero.
Aún no podía creer que ese pobre muchacho me tuviera como su ejemplo a seguir. En palabras de su madre, quien un día llegó a mi oficina con una caja de galletas recién horneadas, me contó que su hijo de veintidós años consideraba un gran honor trabajar para mí.
Aquella breve reunión fue incómoda, pero cálida de cierta manera. Siempre admiraría el compromiso de una madre con sus hijos, sin importar la edad que estos tuvieran.
Debo confesar, que he desarrollado una paciencia sobrehumana con Rob. Él es confiable y útil la gran mayoría de las veces.
—Terminaré un par de pendientes en mi oficina y me iré temprano... tú ya vete —anuncié, en cuanto aflojaba mi corbata.
—¿Seguro, jefe?
Asentí y me obligué a llegar a mi escritorio. Mis pasos eran pesados, y mi expresión probablemente era aterradora.
Me recosté contra mi silla y cerré los ojos. Lo último que deseaba en este momento era pensar.
Odiaba pensar en las palabras de Lucas Chambers. Él era probablemente la persona más egoísta que he conocido en mi vida —aparte de mi padre— claro está.
Nadie le gana a ese anciano cruel.
¿Cómo es posible que un Omega con un rostro angelical, y unos rizos de chocolate tan adorables, fuera así de irascible y testarudo?
Probablemente, se deba a la amargura que siente por su divorcio.
No era mi culpa que su esposo lo abandonara, o lo que sea que pasó con su matrimonio. No me interesa. Ese Omega tiene a mi cachorro dentro de su vientre, y tendrá que hacer todo lo que yo le diga.
Soy un Alfa pura sangre.
Un simple Omega obstinado como él no haría flaquear mi determinación.
Me tomé un par de minutos para descansar los ojos. La idea de un trago de whisky me obligó a arrastrarme hasta el mini bar y tomar un vaso.
Terminé de quitarme la corbata mientras pensaba en lo encantador que lucía ese hombre con una panza de seis meses. Era una verdadera lástima que no tuviéramos la suficiente confianza como para pedirle permiso de acariciar su vientre.
Amaría hacer eso.
Deseaba poder escuchar los latidos del corazón de mi pequeño. Pero este se encontraba atrapado en el Omega más intransigente de este planeta.
Durante las siguientes dos horas, me centré en mi trabajo, y, cuando este se encontró finalizado, me dirigí a mi hogar.
Me gustaría decir que al menos un perro me esperaba en casa, moviendo la cola compulsivamente en busca de mi atención, pero ese no era el caso. Tenía un gato gordo al que no podía importarle menos si vivo o muero. Y lo más probable es que si muero repentinamente en la sala de mi casa, él no esperaría a que mi cuerpo termine de enfriarse para comenzar a alimentarse de mí.
—Hola, Jon, ¿qué tal tu día?
Los enormes ojos azules de Jon me miraron con desinterés y desprecio.
«Miaaaaaw»
—Me alegra escuchar eso —le respondí a su espalda peluda, porque fue lo que me dio luego del maullido más escuálido de su repertorio.
Genial, es hora de preparar la cena.
Cociné solo —como lo hacía todos los días— incluso lo hacía mientras estaba en una relación con mi ex. Ella jamás tocó ni un solo utensilio de mi cocina, más que el descorchador de botellas.
Luego de cenar, me dispuse a llamar a mis abogados para contarles todo lo acontecido con Lucas Chambers.
—Buenas noches, surgió algo... —comenté como saludo, apenas mi abogado respondió la llamada.
—Dígame, Señor Sallow —dijo mi abogado al otro lado de la línea.
—Esta mañana invité a almorzar a Lucas Chambers, él parecía tener una buena disposición a escuchar todo lo que tenía que decirle, pero al final, las cosas terminaron mal.
—¿Qué tan mal?
—Muy mal. De hecho, no creo que me permita acercarme a él de nuevo.
—Ya veo...
Un silencio, lo suficientemente extenso como para que lo notara, se hizo al otro lado de la línea, pero, pronto, mi abogado volvió a dirigirse a mí con forzado optimismo.
—Resolveremos esta situación, señor Sallow, no se preocupe. Mañana lo espero en mi despacho para que discutamos nuestros siguientes pasos, por ahora evite cualquier contacto con el señor Chambers.
Gruñí como respuesta. Pero en el fondo sabía que era lo mejor.
Ya había hecho suficiente...
Intenté razonar con Lucas, pero estaba más que claro que él ya tenía un futuro trazado, uno que no incluía un alfa en su vida y en la del bebé.
Su ferocidad era admirable, pero era un obstáculo para mis deseos.
Cuando colgué la llamada, el peso de mi soledad se incrementó a un nivel que me resultaba intolerable.
Mis ojos se toparon con la única fotografía que conservaba de mi madre. Esta se encontraba sobre una mesita auxiliar de la sala, junto a la lámpara.
Me acerqué a ella, agarré la fotografía, y tomé asiento en el rincón más confortable de mi casa con decoración estéril. El tipo de casa con la que esperarías toparte cuando escuchas sobre Nathan Sallow.
Reí amargamente mientras pensaba en cuanto deseaba que mi madre estuviera junto a mí. Un abrazo de los suyos era un bálsamo para cualquier mal.
Ella era un ángel.
Falleció hace muchos años. Yo apenas tenía doce cuando el cáncer acabó con su vida en un abrir y cerrar de ojos.
Mi madre fue la Omega más dulce del universo, pero cuando se trataba de mi bienestar, era capaz de sacar las garras y arrasar con ciudades enteras.
Si tan solo pudiera escuchar su voz una vez más... ver su rostro a centímetros del mío y percibir el aroma a té verde de su cabello, sería tan feliz.
La foto que sostenía en mis manos era todo lo que quedaba de ella. Mi padre se deshizo de sus cosas poco después de su fallecimiento.
Ella mejor que nadie sabía que nunca fui una persona fácil de tratar. Mi estatus como alfa pura sangre contribuyó con mi mal temperamento.
Mis ex parejas podrían iniciar un grupo de apoyo para discutir sobre porque yo era el responsable de sacar lo peor de cada uno de ellos.
"La violencia verbal" que escalaba a "violencia física" sería el tema más popular de esas reuniones.
Jamás le levanté la mano a ninguno de ellos; ya sean hombres o mujeres, ninguno puede acusarme de algo como eso. El único que terminaba recibiendo la violencia física era yo, porque podía tolerarlo.
Siempre fui el receptor de las bofetadas, los empujones y los objetos lanzados al aire porque podía comprender la frustración que sentían.
Mis palabras y actitudes eran crueles. Al parecer lo adopté de mi padre. Y la fortaleza para soportar la ira en mi contra lo aprendí de mi madre.
Eché mi cabeza hacia atrás. La parte posterior de esta golpeó la pared a penas lo suficiente para causarme dolor y traerme de vuelta al presente.
Mi deber como padre era luchar por mi hijo. Mi madre lo hizo por mí hasta su último aliento, y en el fondo de mi corazón sé que ella no espera menos de mí.