—Veo que no perdiste el tiempo, Dante —mascullé, cruzada de brazos.
Era obvio que se había emparejado oficialmente con Rebeca, después de lo que me juró, después de que incluso me dijera que iba a cambiar. Puras mentiras, porque su expresión era de total vergüenza al verme.
—¿Eres la nueva recepcionista? —preguntó, asombrado.
—Sí, ¿y tú no piensas trabajar hoy? —respondió Jeanniel, mirándolo con recelo.
Al parecer también le caía mal, no estaba segura, pero el pelinegro lo veía con una rabia intensa, como si su simple presencia le molestara. La rubia se adelantó, arrugó la nariz y amenazó a Jeanniel con el dedo.
—Él y yo tenemos una cita, así que lo siento pero no vendrá a trabajar —aclaró ella, con una maliciosa sonrisa.
—Es increíble cómo te rebajas a los caprichos de una niña, Dante —masculló Jeanniel, con ironía.
Y es que tenía razón, Rebeca no aparentaba tener más de veinte años por lo suave que se veía su piel, sobre todo el hecho de que no tenía ni una sola arruga visible.
Su mandíbula se tensó, noté que también apretó los puños al lado de sus caderas y soltó un ligero gruñido después de sentirse ofendida con el comentario.
—Cállate, la gente de tu color no debería ni opinar —contestó ella, con determinación.
—Oye, deberías aprender a respetar a los demás y no juzgar a las personas por su color de piel —intervine, mirándola con molestia por lo que dijo.
¿Quién se creía? Tampoco es que Jeanniel fuera tan oscuro como el carbón, sin ofender a ese tipo de personas porque el color no significaba nada. Eso fue muy racista de su parte y yo no lo iba a permitir.
—¿Me hablas a mí? —inquirió la rubia, con diversión en su expresión—. Lo siento, no hablo con viejas así que haré como que no te escuché —Arrugó la nariz, rodando los ojos con fastidio.
—Discúlpenla, anda un poco estresada hoy —interfirió Dante, defendiendo a su novia.
—¿Qué quieres, Dante? —pregunté, en un resoplido.
—Te recuerdo que yo trabajo en esta compañía, recién me entero que eres la nueva —explicó, negando con la cabeza—. ¿Podrían llamar a mi hermano? Necesito hablar urgente con él.
—¿Le vas a pedir más dinero? Porque te recuerdo que le debes mucho a Eric —argumentó Jeanniel, cruzado de brazos.
Dante se apoyó en el mesón, apretó los labios y señaló a mi compañero por un momento, pero luego se arrepintió y pareció pensar detenidamente en lo que iba a decir.
—A mí no me digas qué hacer —avisó—. Son asuntos personales entre Eric y yo.
—Ya veo por qué nunca tenías dinero cuando necesitaba hacer las compras —comenté, sonando sarcástica para hacerlo enojar.
Y es que a pesar de que Dante tenía un buen trabajo siendo la mano derecha de su hermano, solía faltarle dinero para las cosas del hogar, aunque no fue así siempre... Si mal no recordaba esa situación empezó a suceder hace más de un año.
Tenía sentido a dónde se iban la mayoría de sus ingresos; a su amante. O bien llegó a contratar una que otra prostituta para que le diera el placer que ya yo no le daba, no me sorprendería si me enterara algún día de eso.
—Ximena, no es momento de discutir sobre estos temas. Tú misma me dejaste en claro que ya no querías nada conmigo y ahora resulta que vas a trabajar en el mismo edificio que yo. ¿No te parece una coincidencia? —insinuó, llevándose una mano a la sien.
En ese punto me sentí el triple de ofendida de lo que ya estaba al verlo junto a su amante. Mis dientes se apretaron por la ira que estaba conteniendo ante su descaro.
¿Ahora creía que yo seguía detrás suyo?
Pues se equivocaba. Si supiera la verdadera razón y de que ya me había comprometido con su hermano, de seguro su cara se quedaría en total shock, pero no iba a arruinar ese evento. Tenía que esperar unos días antes de lanzarle esa bomba, o bien dejar que Eric se lo contara.
—Pues realmente no sabía que trabajabas aquí —defendí, entre cerrando los ojos de manera juzgadora.
—¿En serio vas a inventar eso? Porque yo recuerdo habértelo mencionado muchísimas veces, Ximena, a menos que no me hayas prestado atención. Y dices que el villano soy yo —respondió Dante, con incredulidad y una risa burlona.
—Amor, ya vámonos. Estar bajo el mismo techo que ella me da náuseas —soltó la rubia, moviendo el brazo del hombre a su lado.
—Zorra, eso es lo que eres —murmuré, refiriéndome a ella.
Ese insulto bastó para que Rebeca se girara en mi dirección y me mirara con los ojos bien abiertos por la sorpresa. Se apoyó por encima del mesón con un aura amenazante.
—¡A mí no me llames así, estúpida! ¿Por qué no te sales de ahí y zanjamos este asunto como mujeres? —inquirió, a la defensiva—. Oh, claro, es que no sabes ni defenderte de una fiera como yo que se metió bajo tus propias sábanas para chuparle el pene a tu marido —añadió, con una maliciosa sonrisa.
Cálmate, Ximena, no hagas nada de lo que después te arrepientas.
Era inevitable que pudiera controlar mis impulsos ya desatados por las habladurías de esa mujer garrapatosa. Ya la llama estaba encendida y solo faltaba una hoja más para que avivara el fuego en mi interior.
Busqué salirme del pequeño espacio de la recepción con toda la intención de lanzarme sobre ella y darle una cachetada que recordaría el resto de su vida. Pero fui detenida por Jeanniel, quien predijo mis movimientos y sostuvo mi brazo con fuerza.
—Tranquilízate, no caigas bajo sus provocaciones o estarás haciendo justo lo que ella desea —afirmó el moreno, mirándome.
Se veía tenso por todo lo que estaba pasando, pero aún así no perdió la compostura sin importar que ella haya insultado su color. En cambio, yo me estaba dejando llevar.
—¡¿Por qué no vienes, eh?! Ridícula, eso eres, no sabes ni defenderte —exclamó, su voz chillona me irritó los tímpanos.
—Cálmate, Rebeca, no es momento de formar un alboroto, por Dios. Sé un poco más madura —murmuró Dante, pero logré escucharlo.
—¿Se puede saber por qué gritan tanto? —Una voz familiar apareció.
Se trataba de Eric. Venía con ambas manos en sus bolsillos y unos ojos llenos de molestia ante lo que estaba presenciando, tal vez no nos percatamos de que las paredes eran lo suficientemente finas como para alertar a cualquiera que estuviera pasando cerca.
—¡Eric, al fin! —exclamó Dante, caminando hacia él—. Necesito un gran favor que me salvará el día.
—Dante, hoy tienes que trabajar —le recordó el mayor, con seriedad en su expresión.
—De hecho quería pedirte el día... Necesito hacer algo importante, pero prometo trabajarlo la próxima semana —explicó mi ex, rogante.
Para ser sincera nunca había visto esa faceta de él, no sabía que podía comportarse de esa forma con su hermano mayor. Estaba que se le arrodillaba sin importar perder la dignidad.
—Siempre me dices lo mismo, Dante —respondió.
—¡Cuñadito! Al fin tengo el placer de conocerte —insinuó la rubia, acercándose a ellos y viéndose muy coqueta.
No sabía si estaba tratando de seducir a Eric o qué, pero me pareció muy descarado de su parte teniendo a su supuesto novio al lado. Jeanniel y yo nos limitamos a observar la escena, asombrados.
—¿Disculpa? ¿Tú quién eres? —cuestionó Eric, extrañado ante la repentina confianza de la joven.
—Soy la pareja actual de Dante ¿No es obvio? —expresó, alzando una ceja—. Ya veo de dónde sacó lo sexy —se mordió el labio.
—¿En serio cambiaste a Ximena por esta? —inquirió Eric, hablándole a su hermano.
Arrugó la boca en disgusto luego de detallar a la rubia, después devolvió su compostura llena de firmeza y carraspeó, esperando una respuesta coherente por parte del menor.
Lo cual yo también quería saber. Me enojaba mucho lo que me hizo, en parte me seguía doliendo el alma verlo con otra mujer porque estaba segura de que no esperó ni un día para meterla a la que era nuestra casa.
—¿Tengo algo de malo? Porque puedes decírmelo a la cara y no con indirectas —masculló Rebeca, con el ceño fruncido.
—No le llegas ni a los talones a Ximena, aunque bueno, siempre pensé que ella era mucha mujer para ti, Dante —respondió Eric, con una sonrisa de lado llena de orgullo al mencionarme.
Mis ojos se abrieron y miré instintivamente al hombre a mi lado, Jeanniel también quedó tan boquiabierto y sorprendido como yo, de hecho, todos en la sala quedaron igual después de la insinuación de Eric.
No entendía.
Si él a penas me conocía, ¿Por qué dijo eso de mí? ¿Acaso solo estaba defendiéndome para dejar mal a Dante? No sabía, mi mente estaba colapsando por tantos sentimientos encontrados.
No llegué a imaginar que esas simples palabras causarían un montón de cosquillas en mi interior, recorriendo cada parte de mi piel y erizando los vellos de la misma.
Me centré en Dante, quien miraba incrédulo a su hermano por las palabras dichas.
—¿Ahora la defiendes? Te recuerdo que no la conoces lo suficiente como yo lo hago —dictaminó Dante, demostrando su enojo en las cejas inclinadas.
—Y yo te recuerdo que me hablabas de ella cada que podías, sobre las cosas que no te gustaban, sus virtudes, sus defectos. Dime, Dante ¿Por qué te casaste con ella si en el fondo no la amabas? —soltó el mayor, con la mandíbula apretada y los puños cerrados.
No me impactó tanto verlo molesto por lo que me hizo Dante, lo que me dejó devastada y en el limbo fue haber escuchado que Dante no me amaba... ¿Acaso todo fue una ilusión de mi parte? ¿Qué sucedió exactamente con nuestra relación? ¿Por qué Eric nunca me advirtió sobre él?
Me hubiera ahorrado años. Años que eché a la basura por estar junto a Dante, aunque para mí fue una hermosa relación la que tuvimos. Tal vez mi mente me cegó lo suficiente como para no darme cuenta de la verdad.
—Ya cállate, Eric. Deja de meterte en mis asuntos o se lo diré a nuestros padres —amenazó, haciendo un corte en el aire con su mano.
—Claro, como eres el menor ellos siempre te apoyarán —resopló Eric, decepcionado—. Por esa razón no maduras, Dante. Solo piensas en ti mismo sin importar que dañes a las personas que te rodean —agregó, mirándolo con fastidio.
Eric arrugó la nariz.
Pero yo no quise oír más, ya mi mente estaba al borde del colapso. No quería seguir viendo cómo mi ex esposo, el amor de mi vida, me cambió por otra mujer sin esfuerzo alguno por olvidarme. Le resultó muy fácil.
Aproveché que Jeanniel me había soltado para apoyar sus manos en el mesón y estar más atento a la discusión. Me escabullí y empecé a correr lejos de ahí, muy lejos, adentrándome en el edificio sin importar que me perdiera entre los pasillos.
Las lágrimas recorrían mis mejillas...