Los días siguientes han sido un torbellino de emociones y tensiones. Mi abuela, molesta y herida, ha decidido no hablarme. Solo mi abuelo me ha mantenido al tanto de su estado, que no parece mejorar. Su preocupación por mí la está afectando más de lo que quisiera admitir. —Diana, ahora que estás mejor, quiero preguntarte por qué quieres divorciarte —dice mi abuelo con un tono de preocupación genuina. —Discutí con Edward, eso es todo, abue —respondo, tratando de restarle importancia. —Diana, los matrimonios no son fáciles. Antes te veía feliz y enamorada —dice, con una mirada que refleja añoranza. —Lo estoy —mentí, porque en realidad no sé qué siento ahora. —Entonces lucha por tu matrimonio. Yo solo quiero verte feliz, pequeña —dice, con un toque de tristeza en su voz. —Mi abuela está

