Me despedí de mis abuelos; ellos se fueron por negocios y prometieron que pronto regresarían. Aranza se quedará unos dos días más. En cuanto se fueron mis abuelos, le conté lo que ocurrió en la ducha. Ella no para de reír, mientras yo estoy roja de la vergüenza. No le conté detalles, solo que me toqueteó un poco y casi lo hacemos. —No sé qué esperas, he visto a tu cuñado y está... —jadea, mientras me mira con una sonrisa traviesa. Reí, tratando de calmarme. —Ya sé, es guapo —admití, sintiendo que mis mejillas se encendían aún más. Bajamos a la sala con el resto de la familia; estaban charlando sobre la hacienda. Mi suegra le dio la bienvenida a Aranza. —Gracias, señora —respondió Aranza, con una sonrisa amable. —Ellos son mi hijo Juan Diego y mi sobrino Hugo. A Flavia ya la conoces

