Llegué a la Hacienda Durán furioso, con el corazón latiendo como un tambor de guerra. No podía creer que Diana no me respondiera las llamadas, y cada vez que pensaba en ella, sola en esta casa, el enojo se intensificaba. Al entrar, dos guardias intentaron detenerme, pero la rabia fue más fuerte; los derribé de un solo golpe a cada uno, sin vacilar. Al llegar a la sala, vi a Edward esperándome, recostado y sonriendo con desdén. Su expresión burlona fue como un chispazo en mi enojo. —¿Dónde mierda está Diana? —exigí, mi voz cargada de desesperación. Edward soltó una carcajada, como si mi desesperación lo divirtiera. —Diana está complaciendo a Durán —respondió con desprecio, cruzando los brazos—. Te dije que era una puta. Empezó a insinuársele y subieron al cuarto. La sangre me hervía. N

