La preocupación por Carolina no me dejaba tranquila, pero no tenía otra opción que acompañar a Edward a la casa de Lisandro. Traté de enfocar mis pensamientos en la cena, pero las palabras de Carolina y su mirada de dolor seguían resonando en mi mente, como una herida abierta que no dejaba de sangrar. Frente al espejo, observé el vestido que Edward me había regalado. Era una prenda provocadora, de esas que usualmente me prohibía usar en público. El escote era profundo y la tela apenas cubría mis piernas; la espalda quedaba completamente al descubierto. Sabía que, en circunstancias normales, él nunca me habría dejado salir con algo tan revelador, pero esta vez había insistido en que me lo pusiera, con una frialdad que me desconcertó. Me sentía vulnerable bajo esa apariencia. No solo porqu

