Valeria no sabía qué responder. El sobre que los abogados de Ferrer habían dejado sobre la barra parecía pesar una tonelada, y no era solo el papel. Era la amenaza constante de perder lo único que le quedaba.
Sentía el calor del enojo subiendo por su garganta, pero no sabía cómo responder sin empeorar la situación, había ido a algunas oficinas de abogados públicos para contratar sus servicios, pero nadie quería enfrentarse al gigante de la construcción. Los abogados la miraban con sus sonrisas frías, convencidos de que la tenían acorralada.
—¿Acaso se le comieron la lengua los ratones señorita Rivas?—se burla uno de los abogados ejerciendo más presión en ella—Le he traído un mejor trato para que ya no me de más excusas ni salga huyendo, no va a encontrar a nadie que le de una mejor oferta, por este trapo de local y por estos pocos metros.
En ese momento, Camilo, desde su mesa cerca de la ventana, dejó su taza de café a medias, con un gesto decidido y se levantó. Mientras caminaba hacia la barra, su mente trabajaba rápido. No sabía bien por qué lo estaba haciendo, pero no podía soportar ver cómo empleados de su misma profesión actúan de esa manera, acosando a aquella mujer. Con paso firme, se acercó a Valeria y a los dos hombres que la amenazaban.
—Disculpen —dijo con una voz firme, atrayendo la atención de todos—, soy Camilo, abogado de la firma Villalobos & Asociados, y represento a la señorita Rivas.
Valeria aclaró los ojos, sorprendida. ¿Quién era este hombre? Había visto su rostro al entrar, un cliente como cualquier otro, pero ahora afirmaba ser su abogado. Sin embargo, algo en su tono la tranquiliza, como si por fin alguien estuviera de su lado en esta pesadilla.
Los dos abogados novatos de Ferrer Construtions se miraron con escepticismo, claramente desconcertados.
—¿Es su abogado? —pregunta uno de ellos, con un toque de burla en su voz, mirando a Valeria—. No teníamos constancia de que hubiera contratado representación legal.
Camilo sonrie con tranquilidad, sacando su tarjeta de presentación del bolsillo de su chaqueta y mostrándola rápidamente a los dos hombres sin soltarla, para volverla a guardar en su chaqueta. " Villalobos & Asociados" se leía claramente en letras doradas, una firma lo suficientemente prestigiosa para hacerlos titubear.
No conocían al Ceo de esa empresa en persona, pero sabían su reputación y de algunos excelentes abogados de esa firma, como su abogado estrella, Alejandro Vargas, un veterano en las leyes, casi una leyenda por su trayectoria y por la lista extensa de casos ganados a su nombre.
—Lo estoy —responde Valeria, siguiendo el juego sin dudar—. Lo he estado esperando.
Camilo lanza una rápida mirada a Valeria, impresionado por lo rápido que ella capta la situación. Ella no era solo hermosa, es astuta y muy inteligente. Sin decirlo con palabras, ambos parecían estar en sintonía, dispuestos a interpretar este improvisado acto para ganar tiempo.
Minutos atrás, el primer abogado quiso tomar la tarjeta para conservarla y mirarla con detenimiento, aún con desconfianza, pero ya Camilo la había regresado a su bolsillo.
Villalobos & Asociados, no era una firma pequeña. De hecho, era una de las más respetadas en toda la ciudad de Brooklyn. Mariana Villalobos, uno de las socios, tenía una reputación temida en los tribunales, y cualquier abogado asociado con ella debía ser alguien de cuidado. El Ceo y dueño de la firma era un misterio y solo salía a los tribunales cuando había algún caso millonario de por medio.
El segundo abogado más cauto, frente a Camilo, frunce el ceño.
—Me sorprende que pueda pagar por una firma tan cara, señorita Rivas —comenta con una sonrisa mordaz, mientras se mete las manos en los bolsillos, dejando en el aire un comentario deshonroso, insinuando que ella le había pagado tal vez con su cuerpo—. Después de todo, estamos hablando de una simple cafetería, ¿no?
Camilo no se inmuta ante el comentario de aquel imbécil representante de la ley, y Valeria sintió una extraña sensación de seguridad al tenerlo junto a ella. Era un completo desconocido, pero había intervenido justo cuando más lo necesitaba. Además lo que ella haga no era de su importancia siempre y cuando mantuviera su propiedad lejos de sus garras.
—Lo que la señorita Rivas paga o deja de pagar no es de su incumbencia —responde Camilo con firmeza—. Mida sus palabras, abogado. O puede salirle muy cara cada palabra que salga por su boca. Lo que es relevante aquí es que cualquier futura comunicación con ella deberá pasar a través de nuestra oficina de abogados. Cualquier otra visita directa sin aviso será considerada acoso, y puedo garantizarles que mi firma tomará medidas legales si es necesario, y los haremos pagar con todo el peso de la ley.
Los abogados intercambiaron miradas incómodas.
—«¿De dónde diablos habrá sacado Valeria ese maldito abogado?»— piensa uno de los hombres vestidos de traje.
Claramente no esperaban encontrarse con un abogado tan agresivo. Estaban acostumbrados a intimidar a sus víctimas y salirse con la suyas, pero ahora, la situación había cambiado drásticamente. Uno de ellos carraspeó, tratando de mantener la compostura.
—Eso no será necesario si la señorita Rivas reconsidera nuestra oferta —dice el segundo abogado, con una falsa amabilidad—. Aún creemos que sería lo mejor para ambas partes. Es un ganar y ganar.
—Nos aseguraremos de revisar cada línea de su oferta, caballeros—responde Camilo, sin dejar espacio para más discusión—. Y en cuanto tengamos una respuesta, mi cliente se comunicará a través de los canales adecuados. Ahora, si no tienen nada más que agregar, les sugiero que se retiren. No olviden sus paraguas, afuera está lloviendo a cántaros.
Los abogados miraron a Valeria con fastidio, pero sabían que habían perdido este asalto. No querían meterse en un lío legal con una firma de abogados del calibre de Villalobos & Asociados, no sin más preparación. Así que, tras un par de segundos incómodos, asintieron de mala gana y se marcharon bajo la lluvia, porque no tenían paraguas.
El sonido de la puerta cerrándose detrás de ellos deja un pesado silencio en la cafetería. Valeria siente cómo una ola de alivio la inundaba, aunque sus manos aún temblaban ligeramente. No sabía cómo había llegado a esa situación, pero de alguna manera, había salido de ella, al menos por el momento.
Lucía que ve todo el espectáculo se llevó las manos a la boca de la sorpresa, nadie había podido intervenir y sacar a esos tipos mal educados tan rápido de su vista. Al ver a su jefa frente a aquel hombre que la defendió, la barista decide darles espacio. Siente algo en el aire entre esos dos y prefiere no dañar el ambiente, así que se dedica a limpiar algunas mesas y atender a los estudiantes dentro de la cafetería.
Camilo se vuelve hacia Valeria, con una leve sonrisa en el rostro. Siente como si su día desastroso se había arreglado.
—Espero que no te importe que me haya metido en tus asuntos —dijo, ahora con un tono mucho más suave—. Parecía que necesitabas... un abogado, y… bueno, no pude evitarlo—el saca su tarjeta de presentación nuevamente y se la entrega en su mano.
Valeria lo mira, todavía sorprendida, pero con una chispa de gratitud en sus ojos marrones.
—No tengo idea de quién eres ni por qué hiciste esto, pero… gracias —dijo, con la voz algo temblorosa—. No sé qué hubiera hecho si no te hubieras presentado. Agradezco que hayas intervenido, esos tipos tienen meses queriendo que les venda el terreno incluida la cafetería y mi casa.
Camilo la observa por un momento, sus ojos verdes brillaban con una mezcla de cansancio y sinceridad.
—Me llamo Camilo —dice, extendiendo la mano—. Trabajo… en una firma de abogados, pero no suelo hacer esto… improvisar, quiero decir.
Valeria toma su mano y sonie levemente, aunque todavía incrédula de lo que acababa de suceder.
—Valeria Rivas —responde ella—. Y… bueno, ahora también me siento como si hubiera improvisado.
Ambos soltaron una pequeña risa nerviosa, el tipo de risa que surge cuando la tensión empieza a disiparse. Valeria se permite un momento para observar a Camilo más de cerca. Tenía el cabello negrö, empapado por la lluvia, y una complexión fuerte que delataba que pasaba tiempo fuera del escritorio, a pesar de ser abogado. Su porte seguro y sus modales directos la hicieron sentir protegida, algo que no había experimentado en mucho tiempo. Desde la muerte de su madre y sus abuelos, se había sentido sola y desprotegida. No tenía a nadie que la apoyara en esta lucha... hasta ahora.
—¿Sabes? —comienza a decir Valeria—. No sé si pueda pagar lo que cobra una firma como la tuya. No puedo permitirme abogados caros, aunque sepa que este asunto se resolvería, no género tantas ganancias. Pero dime cuánto por lo de ahora y te firmo un cheque.
Camilo se encoge de hombros con una sonrisa suave.
—Hoy no me importa mucho el dinero. Parecía que realmente necesitabas ayuda, y esos tipos me recordaron a ciertos tiburones con los que he lidiado antes. Este mundo está lleno de gente desconsiderada.
Valeria lo mira con ojos curiosos, sin saber el porqué de ese comentario tan melancólico.
—¿Entonces no me vas a cobrar?—ella alza una ceja.
Camilo sonríe con una chispa de picardía.
—Considerémoslo una cortesía... por hoy. Aunque, si necesitas más ayuda, quizás podamos encontrar una forma de resolverlo.
Valeria no pudo evitar sentirse atraída por su caballerosidad. Había algo en él, más allá de la protección que le había ofrecido, que la hacía sentir segura, algo que el mundo le había arrebatado hacía tiempo.
—Agradezco su amabilidad y por todo eso… ¿Le gustaría probar un pastel de manzana recién hecho, receta de mi abuela? La casa invita.
—Creo que tengo tiempo, afuera la lluvia parece que no cesará por ahora—le dedica una sonrisa, que la derrite.
—Si ese es el caso...te daré también otra taza de café americano caliente sin azucar, supongo que el que dejaste sobre la mesa debe estar frío.
Camilo acepta su amabilidad mientras le devuelve la sonrisa, y toma asiento en el mostrador frente a ella, nunca antes, nadie le había regalado su café favorito.