Capítulo 2.

2228 Words
El largo pasillo de la segunda planta se extendía ante mí, un corredor silencioso revestido de fotografías familiares que ahora parecían acusarme desde sus marcos de plata. Cada sonrisa capturada, cada momento de felicidad inmortalizado, se sentía como un espectro de la vida que estaba poniendo en riesgo por un impulso incomprensible y arrollador. Mi primer instinto me guio hacia la habitación de Tomás, un santuario de energía adolescente donde la puerta siempre estaba entreabierta, una invitación tácita a su mundo caótico y vibrante. Lo encontré tumbado en su cama, con los auriculares puestos y los pulgares moviéndose a una velocidad vertiginosa sobre la pantalla de su teléfono, una concentración total en el universo digital que lo absorbía. Su cabello oscuro y rizado estaba revuelto, y la camiseta de su equipo de fútbol favorito se aferraba a la figura atlética que ya comenzaba a definirse con la promesa de la adultez, un reflejo innegable de mí y de Beatriz. Toqué suavemente el marco de la puerta, un gesto deliberado para no asustarlo, y su cabeza se alzó de inmediato, sus ojos verdes, herencia directa de su madre, iluminándose con un reconocimiento instantáneo y una alegría genuina que me desarmó. Se arrancó los auriculares, dejando escapar una ráfaga de música estridente que llenó el silencio por un instante antes de que la apagara. La habitación olía a una mezcla de desodorante para adolescentes y el césped recién cortado que se adhería a sus botines de fútbol, abandonados cerca de la puerta. Un póster de una leyenda del alpinismo colgaba en la pared, justo al lado de medallas y trofeos que brillaban bajo la luz de la lámpara, símbolos de su espíritu competitivo e incansable. Se sentó en el borde de la cama, su postura ansiosa y llena de la vitalidad propia de sus quince años, una fuerza de la naturaleza que a menudo chocaba con mi rígida disciplina. — ¡Papá! No te oí llegar. ¿Qué tal la base? ¿Les enseñaste a esos novatos cómo marchar derecho? —inquirió con un tono burlón, una chispa de desafío en su mirada. — Algo así. Les enseñé que pensar es más importante que marchar, pero no estoy seguro de que todos lo hayan entendido —le respondí, acercándome y sentándome a su lado, el colchón hundiéndose bajo mi peso—. ¿Y tú? ¿Alguna nueva conquista en el campo de batalla virtual? — ¡Ja! Los aplasté. Pero mañana es el partido real, contra el Northwood. Su capitán es un idiota, no puedo esperar a robarle el balón —declaró, su mandíbula tensándose con una determinación que reconocí como mía. — Esa es la actitud, campeón, pero recuerda lo que siempre te digo: la cabeza fría gana el juego, no el temperamento caliente —le aconsejé, dándole un suave golpe en el hombro, un gesto de complicidad entre hombres—. Tienes el talento, solo necesitas canalizar esa energía. Eres fuerte, Tomás, y estoy increíblemente orgulloso del hombre en el que te estás convirtiendo. Su sonrisa se suavizó, la bravuconería adolescente reemplazada por un afecto sincero que rara vez mostraba tan abiertamente, un destello de la vulnerabilidad que escondía tras su fachada rebelde. Sabía que me adoraba, que buscaba mi aprobación por encima de todo, y ese conocimiento se clavó en mi pecho como una daga helada, recordándome la magnitud de la falla que se estaba abriendo en los cimientos de nuestra familia. Me levanté, sintiendo una necesidad urgente de escapar de la pureza de su afecto, de la abrumadora culpa que me provocaba. Le revolví el pelo, un gesto paternal que había repetido miles de veces, y salí de su habitación, dejando atrás un eco de risas y la dolorosa certeza de todo lo que podía perder. Atravesé el pasillo hasta llegar al comedor, un espacio amplio y luminoso donde la luz del atardecer se derramaba a través de los ventanales, bañando la estancia en tonos dorados y anaranjados. La larga mesa de caoba pulida, un legado de la familia de Beatriz, dominaba el centro de la habitación, rodeada por sillas tapizadas en un terciopelo verde bosque que hacía juego con los ojos de mi esposa y mis hijos. El aire olía a óleo fresco y a la madera encerada de los muebles, un aroma sofisticado y reconfortante que siempre asociaba con la tranquilidad del hogar. Allí, en la cabecera de la mesa, se encontraba Lucía, completamente absorta en su trabajo, su figura delgada y elegante inclinada sobre un gran lienzo apoyado en un caballete. Su cabello oscuro, casi n***o, caía como una cortina sedosa sobre un lado de su rostro, ocultando parcialmente su expresión concentrada y la sensibilidad que se reflejaba en sus ojos de un verde profundo. Ella no notó mi presencia al principio, su mano moviéndose con una gracia y seguridad que desmentían sus diecisiete años, aplicando toques de color con un pincel fino sobre la tela. Me acerqué en silencio, moviéndome con el sigilo que mi entrenamiento militar me había inculcado, y me detuve a su espalda para observar su obra, mi corazón deteniéndose por un instante al reconocer la escena. Nos había pintado a los dos, a ella y a mí, en un retrato que capturaba una verdad más profunda de lo que las palabras podrían expresar. En el lienzo, yo estaba de pie, vestido con mi uniforme de gala, mi postura recta y mi expresión severa, pero ella había añadido un matiz de melancolía en mis ojos azules que me dejó sin aliento. A mi lado, una versión más joven de ella misma me tomaba de la mano, su rostro levantado hacia el mío con una confianza y una admiración absolutas, una representación dolorosamente perfecta de la inocencia que sentía que estaba a punto de destruir. — Es… increíble, Lucía —musité, mi voz sonando más ronca de lo habitual, cargada de una emoción que luchaba por contener. Se sobresaltó ligeramente, girando la cabeza para mirarme, y una tímida sonrisa iluminó su rostro, un gesto poco común en mi hija introspectiva y observadora. — Papá. Aún no está terminado. Quería capturar… no lo sé, la dualidad. El hombre fuerte y la niña que lo ve como un héroe —explicó en voz baja, sus ojos verdes analizando mi rostro como si buscara una verdad oculta tras mi fachada—. A veces siento que te observo más de lo que hablo, que intento comprender lo que hay detrás de la rigidez. — Eres una artista, mi amor. Ves cosas que los demás no ven —le aseguré, mi mano posándose en su hombro, sintiendo la delicadeza de sus huesos bajo mi toque—. Tienes un don para ver el alma de las personas, y es un regalo hermoso y, a veces, doloroso. Ella asintió, su mirada volviendo al lienzo, y sentí la barrera invisible que a menudo levantaba a su alrededor, una defensa contra un mundo que encontraba abrumador. Me sentía atrapada entre tu disciplina y el control de mamá, había confesado una vez, y sus palabras resonaron en mi mente con una nueva y terrible claridad. Estaba contribuyendo a su jaula, y ahora, con mi propio secreto, amenazaba con romper los barrotes de la manera más brutal posible. La culpa, mezclada con el recuerdo de los ojos verdes de Fabián, creó un cóctel tóxico en mi interior, obligándome a retroceder antes de que mi tormenta interna se desatara frente a ella, manchando la pureza de su arte y su amor. Justo cuando me daba la vuelta para irme, la presencia magnética de Beatriz llenó el umbral del comedor, su belleza tan innegable y potente como siempre. Su cabello pelirrojo caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos finos y esas pecas delicadas que siempre me habían parecido constelaciones sobre su piel clara. Sus ojos verdes, los mismos que había legado a nuestros hijos, brillaron con una intensidad que me recorrió por completo al verme allí de pie. Dejó una pila de libros de tapa dura sobre una mesa auxiliar, su porte elegante y cuidado reflejando la alta clase a la que pertenecía, un mundo de orden y sofisticación que yo había adoptado como mío. El aroma de su perfume, una mezcla de jazmín y cítricos, flotó hacia mí, un aroma familiar que de repente se sentía extraño, ajeno a la turbulencia que me consumía. — Diego, cariño. Por fin en casa —su voz era melódica, pero con un filo de autoridad que siempre estaba presente. Se acercó a mí con esa confianza innata que la caracterizaba y, sin previo aviso, sus brazos rodearon mi cuello, atrayéndome hacia un beso profundo y apasionado. Sus labios se movieron contra los míos con una posesión hambrienta, un recordatorio de los dieciocho años de historia compartida, de la intimidad que dábamos por sentada. Respondí por puro instinto, mis manos encontrando su cintura, pero mi mente era un campo de batalla. La sensación de sus labios se mezclaba con el recuerdo de la mirada de Fabián, su astucia y belleza chocando con la empatía y el atractivo masculino que me habían desarmado horas antes. Era una colisión de dos mundos, de dos deseos, y me sentí un traidor en mi propia casa, profanando el amor de mi esposa con pensamientos impuros. — Te he extrañado mucho —susurró contra mi boca, su aliento cálido enviando un escalofrío por mi espalda que no tenía nada que ver con el deseo. — Y yo a ti, Beatriz —mentí, mi voz sonando hueca a mis propios oídos. Se apartó, pero mantuvo sus manos sobre mi pecho, sus ojos inteligentes escudriñándome, capaces de leer entre líneas y adelantarse a los pensamientos de los demás. Por un aterrador segundo, temí que pudiera ver a través de mí, que su aguda mente de estratega ya hubiera detectado la grieta en mi armadura. Se dio la vuelta para organizar los libros que había traído, sus movimientos precisos y eficientes mientras los alineaba por tamaño y color en el estante. Su capacidad para manejar cualquier situación con calma y efectividad era una de las cosas que siempre había admirado de ella, pero ahora me parecía una cualidad peligrosa, una amenaza latente a mi secreto. — Voy a darme una ducha. Ha sido un día largo y agotador —anuncié, mi tono más seco de lo que pretendía, creando una distancia necesaria para poder respirar. Ella asintió sin mirarme, concentrada en su tarea, una mujer que sabía cómo mantenerse en control. — No tardes. La cena estará lista pronto —respondió, su voz tranquila desmintiendo la tormenta que se agitaba dentro de mí. Escapé hacia el baño principal, cerrando la puerta detrás de mí como si pudiera bloquear el mundo exterior y la persona en la que me estaba convirtiendo. El cuarto de baño era un santuario de mármol blanco y cristal, un espacio frío e impecable que reflejaba la vida ordenada que había construido. El vapor del agua caliente llenó rápidamente el aire, empañando los espejos y creando una niebla densa que me ocultaba de mi propio reflejo, un alivio bienvenido. Me despojé del uniforme, la tela rígida sintiéndose como una segunda piel que ya no me pertenecía, y me metí bajo el chorro de agua hirviendo, esperando que pudiera limpiar no solo la suciedad del día, sino también la mancha que sentía en mi alma. Pero el agua no podía lavar los pensamientos, no podía borrar la imagen de Fabián, sus ojos verdes, su sonrisa cauteladora, su pregunta audaz. Apoyé la frente contra los azulejos fríos, el agua cayendo en cascada por mi espalda mientras la imagen de su cuerpo atlético, adivinado bajo el uniforme, se superponía con la de mi esposa besándome en el comedor. La contradicción era una tortura física, una náusea que subía desde mi estómago mientras mi mente reproducía una y otra vez nuestro breve encuentro. Su voz calmada y segura, la inteligencia en su mirada, la forma en que su empatía había derretido mi fachada severa, todo se había grabado en mi memoria con una claridad alarmante. Luché contra ello, invocando el rostro de Beatriz, la risa de Tomás, el arte de Lucía, pero la imagen de Fabián persistía, una necesidad creciente, un error de momento que amenazaba con convertirse en algo mucho más profundo. Mi mano, actuando con una voluntad propia, se deslizó hacia abajo, buscando una liberación para la tensión insoportable que me consumía, una tensión que no era solo física, sino profundamente emocional. Cerré los ojos con fuerza, una punzada de autodesprecio recorriéndome mientras el clímax llegaba, rápido y violento, un acto solitario y vergonzoso en la santidad de mi hogar. El placer fue efímero, instantáneamente reemplazado por una ola de culpa corrosiva y una comprensión devastadora. No era solo una atracción pasajera; no era un simple error. Fabián se había colado bajo mi piel, en mi mente, en un lugar que no sabía que existía, y ya no podía negarlo. El agua seguía corriendo, pero yo me sentía más sucio que nunca, atrapado en una red de mi propia creación, un hombre dividido entre el mundo que todos veían y el secreto que ahora latía en mi interior como un corazón oscuro y prohibido. Ya era demasiado tarde; el cambio había comenzado, y yo estaba completamente solo en medio del naufragio inminente de mi vida.
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