Horas más tarde, el gran comedor se había transformado bajo la luz artificial de un candelabro de cristal que colgaba sobre nosotros, proyectando un brillo cálido y dorado que danzaba sobre la superficie pulida de la mesa de caoba. El aroma del estofado de ternera que Beatriz había preparado, una receta compleja con vino tinto y hierbas aromáticas, llenaba el aire, mezclándose con el olor a pan recién horneado que reposaba en una cesta de mimbre en el centro. El sonido rítmico y casi imperceptible del entrechocar de los cubiertos de plata contra la porcelana fina era la única banda sonora de nuestra cena, un ritual familiar que siempre había representado la estabilidad y el orden en mi vida. Beatriz, sentada frente a mí, era la viva imagen de la anfitriona perfecta, su porte elegante y su sonrisa serena mientras guiaba la conversación, asegurándose de que la maquinaria de nuestra vida familiar siguiera funcionando sin contratiempos. Mis hijos, sentados a cada lado, participaban en este teatro de normalidad, sin ser conscientes de la fractura que se había abierto en el director de la obra, su propio padre.
Lucía pinchaba su comida con una delicadeza casi quirúrgica, su mirada perdida en algún punto más allá de la ventana, mientras que Tomás devoraba su porción con la energía voraz de un atleta en pleno crecimiento. Mi cuerpo estaba presente, mis manos moviéndose por puro instinto, cortando la carne, llevando el tenedor a mi boca, pero mi mente era un territorio ocupado, un campo de batalla donde la imagen de Fabián libraba una guerra contra cada pilar de mi existencia. Intentaba concentrarme en las palabras de mi familia, en el sabor de la comida, en la textura del vino en mi paladar, pero todo se desvanecía ante el recuerdo persistente de unos ojos verdes y una pregunta que había desmantelado mis defensas. Cada parpadeo traía consigo su rostro, la inclinación de su cabeza al escuchar, la inteligencia que brillaba en su mirada, un fantasma no invitado a nuestra mesa familiar.
— Entonces, el capitán de Northwood es un fanfarrón, ¿eh, Tomás? Suenas muy seguro de poder vencerlos mañana —inició Beatriz, su voz cortando el silencio con la precisión de un bisturí.
— No es que suene seguro, mamá, es que lo estoy. Su defensa es lenta y predecible. He estado estudiando sus partidos grabados. Su estrategia se basa en la fuerza bruta, pero no tienen fineza —respondió Tomás, dejando el tenedor para gesticular con las manos, su pasión por el juego evidente en cada palabra.
— La confianza es la mitad de la batalla, pero la arrogancia es el camino más corto a la derrota. No lo subestimes —intervine, mi voz saliendo más dura de lo que pretendía, un reflejo del coronel, no del padre.
— No lo subestimo, papá. Lo analizo. Es diferente —replicó él, su tono con un toque de desafío, pero también de respeto.
— Tu padre tiene razón, cariño. La estrategia es clave, y tú eres bueno en eso. Pero la disciplina en el campo es lo que te hará ganar —añadió Beatriz, mirándome por encima de su copa de vino, una mirada que decía ‘somos un equipo’.
Una punzada de algo oscuro y amargo se retorció en mi estómago. Un equipo. Ella no tenía idea de que el capitán de su equipo estaba considerando una deserción del alma, una traición que iba más allá de la infidelidad física y se adentraba en el terreno de la identidad misma. Maricón. La palabra explotó en mi mente, un insulto sibilante que había escuchado y, admití con una vergüenza corrosiva, usado en los cuarteles para describir a hombres considerados débiles, inferiores. Desviado. Otra etiqueta, lanzada para apartar a cualquiera que no encajara en el molde rígido de la masculinidad militar. Mujercita. El peor de los insultos, una anulación total de la virilidad. Todos los prejuicios heredados de mi padre, reforzados por mi carrera, se agolpaban ahora en mi cabeza, dirigiéndose a mí.
— Y tú, Lucía, ¿cómo va ese proyecto de arte del que me hablaste? ¿Has decidido ya el enfoque para la serie de retratos? —preguntó Beatriz, desviando su atención hacia nuestra hija con una facilidad impecable.
Lucía pareció salir de su ensoñación, sus profundos ojos verdes parpadeando mientras se enfocaban en su madre. Dejó el tenedor a un lado y se limpió los labios con la servilleta de lino, sus movimientos siempre medidos y llenos de una gracia silenciosa.
— Estoy explorando el concepto de las máscaras que usamos. No las literales, sino las fachadas que construimos para navegar las expectativas sociales, familiares… —explicó, su voz suave pero cargada de una madurez que a menudo me sorprendía.
— Suena bastante filosófico. ¿Y qué tipo de máscaras te interesan? —continué la conversación, sintiendo la necesidad de anclarme a la realidad, de participar en esta farsa de normalidad.
— La del soldado que oculta su miedo, la del estudiante que finge confianza, la del padre que proyecta una fuerza inquebrantable… —respondió, y sus ojos se encontraron con los míos por un instante fugaz.
Sentí un golpe helado en el pecho, como si su mente creativa y reflexiva hubiera podido atisbar, sin saberlo, la grieta en mi propia fachada. Aparté la mirada, concentrándome en el patrón de la porcelana de mi plato, sintiéndome expuesto y vulnerable bajo la observación inocente de mi propia hija. La conversación continuó a mi alrededor, las voces de mi familia tejiendo el tapiz de nuestra vida cotidiana, pero yo estaba sordo a ellas. Fabián. Su nombre era un eco persistente. ¿Cómo podía un hombre, un extraño, desatar tal caos en mi interior con una sola interacción? No me había tocado, ni siquiera me había rozado los dedos. Había sido un cruce de miradas, una conversación que apenas duró unos minutos. Y, sin embargo, aquí estaba yo, deshecho, cuestionando los cimientos de mis cuarenta años de vida.
Intenté razonar conmigo mismo, aplicar la lógica y la disciplina que regían cada aspecto de mi existencia. Era una anomalía, una reacción extraña producto del estrés, de la monotonía. Quizás su inteligencia me había impresionado a un nivel puramente profesional. Quizás su atractivo era algo que podía reconocer objetivamente, como se reconoce una obra de arte, sin que implicara nada más. Pero cada excusa se desmoronaba ante la cruda realidad de mis pensamientos en la ducha, ante el deseo innegable que se había apoderado de mi cuerpo y mi mente. Fabián, en un solo día, se había convertido en una ecuación inexplicable en mi libro interior, una variable desconocida introducida en la fórmula probada y segura de mi supuesto manual de vida normal. Ese manual dictaba que un hombre como yo, un coronel con una esposa hermosa y dos hijos, debía desear a las mujeres, a su esposa.
— Diego, te noto muy callado esta noche. ¿Ocurrió algo en la base? —La voz astuta de Beatriz me sacó de mi espiral, su mirada afilada y analítica.
— No, en absoluto. Solo el cansancio habitual. La nueva camada de reclutas requiere… mucha energía —mentí, forzando una sonrisa que se sintió como una máscara de yeso.
— Bueno, deberías intentar relajarte. Este fin de semana podríamos ir al lago. Un poco de aire fresco nos vendría bien a todos —sugirió ella, ya planeando, organizando, manteniendo el control.
Asentí, mi garganta demasiado apretada para formar palabras. El lago. Un lugar de recuerdos felices, de Tomás aprendiendo a nadar, de Lucía dibujando en la orilla. Ahora la idea me parecía una tortura, tener que mantener la farsa de la familia perfecta durante cuarenta y ocho horas seguidas mientras esta guerra civil se libraba dentro de mí. La cena terminó, y observé cómo Lucía y Tomás recogían sus platos, discutiendo en voz baja sobre una película. Beatriz se levantó para preparar el café, sus movimientos fluidos y llenos de una seguridad que yo envidiaba amargamente. Me quedé solo en la mesa, rodeado por los restos de una cena familiar, sintiéndome como un impostor en mi propio hogar. La imagen de Fabián volvió, no como un pensamiento lujurioso, sino como una pregunta existencial. ¿Quién era yo? ¿Era el hombre sentado en esta mesa, el pilar de esta familia? ¿O era el hombre que se había sentido visto por primera vez por otro hombre en un auditorio militar? La contradicción era insoportable, un veneno que se extendía lentamente por mis venas, amenazando con destruir no solo lo que el mundo veía, sino lo que yo creía ser.