El sueño fue un abismo sin fondo, una negrura desprovista de sueños en la que me había sumergido como una piedra, huyendo de la conciencia y del dolor que me esperaba al otro lado del descanso. Sin embargo, incluso en esa profundidad insondable, una fragancia persistente comenzó a infiltrarse, un aroma tan delicioso y reconfortante que se abrió paso a través de las densas capas de mi agotamiento como un rayo de sol atravesando las nubes de una tormenta. Era una sinfonía olfativa, una mezcla embriagadora del amargor robusto del café recién hecho, la nota salada y ahumada del beicon friéndose lentamente y la dulzura cítrica y vibrante de las naranjas recién exprimidas, un perfume que no pertenecía a mi mundo de orden estéril y disciplina marcial. Este aroma era un eco de un hogar que no era el mío, una promesa de calidez y de cuidado que mi subconsciente registró mucho antes de que mi cuerpo comenzara a responder, atrayéndome suavemente de vuelta a la superficie de la vigilia, un pescador paciente recogiendo su red desde las profundidades del océano.
— Diego… Despierta. Te he preparado algo.
La voz de Fabián fue un murmullo suave junto a mi oído, una caricia auditiva tan gentil como el toque de su mano en mi hombro, un ancla que me impidió volver a hundirme en la oscuridad. Abrí los ojos con una lentitud perezosa, mis párpados pesados y pegados, y el mundo regresó a mí en fragmentos borrosos y confusos, la luz del sol de media mañana que se filtraba por las cortinas era una agresión brillante contra mis pupilas sensibles. Mi primer pensamiento fue de desorientación, el dolor sordo de la resaca martilleando mis sienes mientras mi cerebro luchaba por procesar el entorno: el dosel de tela color crema, las sábanas de hilo egipcio, el perfume floral de Beatriz flotando como un fantasma en el aire. Entonces, la realidad de la noche anterior se estrelló contra mí con la fuerza de un tren de carga: la llamada, la noticia, la muerte de mi padre, y una oleada de dolor helado amenazó con arrastrarme de nuevo a las profundidades.
Pero entonces lo vi. Sentado en el borde de la cama, su silueta recortada contra la luz de la ventana, estaba Fabián, su rostro teñido de una suave preocupación y una sonrisa tímida y expectante que era un faro en medio de mi tormenta interna. Y junto a él, sobre mi mesita de noche, descansaba una enorme bandeja de plata que parecía sacada de un sueño, una visión tan inesperada y tan abrumadoramente hermosa que mi mente se negó a aceptarla al principio. No era un simple desayuno; era una obra de arte, una declaración, un acto de amor tan tangible que podía olerlo, verlo y casi saborearlo en el aire. La bandeja contenía un festín en miniatura, cada elemento dispuesto con un cuidado estético que revelaba una sensibilidad que nunca hubiera sospechado: unos huevos revueltos, dorados y esponjosos, salpicados de cebollino finamente picado; tiras de beicon perfectamente crujientes, apiladas como una pequeña barricada; y una rebanada de pan artesanal tostado, con la mantequilla ya derritiéndose en sus recovecos.
En un cuenco de porcelana blanca, una macedonia de frutas brillaba como un cofre de joyas, con el rojo intenso de las fresas, el naranja vibrante del melón y el púrpura profundo de los arándanos, todo ello rociado con unas hojas de menta de un verde intenso. A su lado, un vaso alto de zumo de naranja recién exprimido resplandecía con la luz del sol, y dos tazas humeantes de café n***o prometían un antídoto contra la niebla de mi resaca y mi pena. Como toque final, en el centro de todo, un pequeño jarrón de cristal contenía una única rosa blanca, sus pétalos aún perlados con gotas de rocío, una flor que reconocí al instante como una de las favoritas de Beatriz, arrancada de su propio jardín. El gesto fue tan audaz, tan íntimo y tan profundamente conmovedor que me dejó completamente sin palabras, desarmado por la pura y simple belleza de su cuidado.
Me incorporé lentamente, apoyando la espalda contra el cabecero acolchado que tantas noches había compartido con mi esposa, las sábanas de seda deslizándose por mi torso desnudo mientras mis ojos no se apartaban de la increíble escena que tenía ante mí. La magnitud del gesto de Fabián era abrumadora, no solo por el esfuerzo que claramente le había llevado, sino por lo que significaba: en la cocina de mi esposa, usando su vajilla y sus ingredientes, había creado un acto de nutrición y consuelo que era exclusivamente para mí. Era una invasión, una conquista silenciosa del territorio más íntimo de mi vida, pero no se sentía como una agresión, sino como una liberación, como si estuviera reclamando ese espacio para nosotros, aunque solo fuera por una mañana. El dolor por la muerte de mi padre seguía ahí, una brasa ardiente en mi pecho, pero la presencia de Fabián y la visión de aquel desayuno eran un bálsamo que calmaba la quemadura, una prueba irrefutable de que no estaba solo en las ruinas de mi mundo.
— Tú… ¿has hecho todo esto?
— Pensé que necesitarías algo más que whisky para empezar el día más difícil de tu vida. Y no quería que lo enfrentaras con el estómago vacío.
Mi pregunta fue un murmullo incrédulo, mi voz ronca por el sueño y la emoción, mientras que su respuesta fue sencilla, directa y desprovista de cualquier sentimentalismo, lo que la hizo aún más poderosa. No había orgullo en su tono, solo una lógica práctica y afectuosa que me atravesó con más fuerza que cualquier declaración de amor. Se había levantado de la cama al amanecer, se había movido sigilosamente por una casa que no era la suya, había navegado por el laberinto de una cocina de alta gama y había orquestado aquella maravilla, todo ello mientras yo dormía, ajeno a su silenciosa devoción. La comprensión de ese hecho me llenó de una oleada de gratitud tan intensa, tan visceral, que eclipsó momentáneamente el dolor, la resaca y la confusión, dejando solo un sentimiento puro y abrumador de felicidad por tenerlo allí.
Sin pronunciar una sola palabra más, porque las palabras se sentían inadecuadas, torpes, insuficientes, alargué la mano, no hacia la comida, sino hacia él. Mis dedos se enredaron en el suave algodón de su camiseta, justo en la nuca, y tiré de él hacia mí con una urgencia que lo tomó por sorpresa. No hubo vacilación; se inclinó sobre la cama, su cuerpo cediendo a mi demanda, y nuestros labios se encontraron en un beso que fue una explosión de todas las emociones que me embargaban. Fue un beso salado por las lágrimas que no sabía que estaba derramando hasta que sentí su sabor en mi boca, un beso amargo por el regusto del café que ya había bebido, y un beso dulce por la pura e innegable alegría de su presencia. Era un beso de agradecimiento, de desesperación, de esperanza, todo en uno.
Sus labios eran suaves y cálidos, y respondieron a los míos con una pasión contenida, sus manos encontrando mi rostro, sus pulgares acariciando mis mejillas con una ternura que me hizo temblar. El mundo exterior se desvaneció, el dormitorio opulento desapareció, y solo quedamos nosotros dos, suspendidos en un momento de conexión tan profunda que se sentía como el único punto de realidad en un universo que se había vuelto loco. La barba incipiente de su rostro rozaba mi piel, una sensación áspera y reconfortante que me anclaba al presente, mientras mi mano se aferraba a él como un náufrago a su salvavidas. Y entonces, en medio de aquel beso desesperado, algo se rompió en mi interior, una pequeña grieta en la fachada de mi dolor, y una sonrisa, la primera sonrisa genuina y espontánea en lo que pareció una eternidad, se abrió paso en mis labios sin mi permiso.
Nos separamos lentamente, nuestras frentes apoyadas una contra la otra, nuestras respiraciones entrecortadas mezclándose en el aire quieto de la mañana. Me quedé con los ojos cerrados por un instante, saboreando el momento, la sensación de sus labios todavía vibrando en los míos, la calidez de sus manos en mi rostro y, sobre todo, la extraña y maravillosa levedad que la sonrisa había dejado en mi pecho. Era una felicidad frágil, un pequeño brote verde en medio de un campo de cenizas, pero era real, y era un regalo que él, y solo él, me había dado. Abrí los ojos y lo miré, viendo mi propia sonrisa reflejada en la suya, sus ojos verdes brillando con un alivio y un afecto tan intensos que sentí cómo algo se reajustaba dentro de mí, una pieza de mi corazón roto que volvía a encajar en su sitio, aunque de una forma nueva y diferente. El desayuno, con su promesa de sustento y normalidad, seguía esperando, pero por un momento, me había alimentado de algo mucho más esencial.
— Come. Se te va a enfriar el café, Coronel.
— Podría acostumbrarme a este tipo de servicio. Quizás debería hacerte mi ayudante personal de forma permanente.
Su comentario fue un suave recordatorio de la realidad, un intento de devolvernos a la tierra, pero el uso de mi título, normalmente una barrera, sonó esta vez como una caricia íntima, una broma privada entre nosotros. Mi respuesta fue ligera, juguetona, un tono que no había usado en años, un eco del hombre que podría haber sido si las circunstancias hubieran sido diferentes, si yo hubiera sido diferente. Con un suspiro de satisfacción, me recosté contra las almohadas, y él, con un cuidado infinito, levantó la pesada bandeja de plata y la colocó sobre mis piernas, el calor de los platos filtrándose a través del edredón, una sensación reconfortante y doméstica que se sentía a la vez extraña y maravillosamente correcta en la cama de mi matrimonio.
— Primero tendrás que ver si mi cocina pasa la inspección. No querrás contratar a un chef que quema las tostadas.
— Lo dudo. Esto es… perfecto, Fabián. Todo es absolutamente perfecto.
Observé cómo se sentaba de nuevo en el borde de la cama, tomando una de las tazas de café para sí mismo, su postura relajada, su presencia una calma tranquilizadora en el caos de mis emociones. Tomé un sorbo de mi propio café, el líquido caliente y amargo un bálsamo para mi garganta, y luego probé los huevos, que eran, como había sospechado, divinos. Comimos en un silencio cómodo, la conversación limitada a murmullos de apreciación por mi parte y sonrisas satisfechas por la suya, mientras el sol de la mañana inundaba la habitación, quemando la niebla de la noche anterior. Y en ese momento, en la cama de mi esposa, comiendo un desayuno preparado por mi amante, con el corazón roto por la muerte de mi padre pero extrañamente lleno por la presencia de este hombre, supe con una certeza aterradora y absoluta que mi vida, tal y como la conocía, había terminado para siempre. Y no estaba seguro de si eso me aterrorizaba o me hacía inmensamente feliz.