La cocina, que durante la noche había sido un territorio de sombras y confesiones susurradas, estaba ahora inundada por la luz de una mañana de domingo perezosa, el sol arrancando destellos del acero inoxidable de los electrodomésticos y de la superficie de granito n***o pulido como un espejo. El aroma del café se había disipado, reemplazado por el olor a limpio de los platos recién fregados, una fragancia doméstica que se sentía a la vez extraña y profundamente reconfortante en la grandiosidad de mi hogar. Nos movíamos en un silencio sincronizado, una coreografía de intimidad nacida de la catástrofe, cada uno desempeñando un papel sin necesidad de instrucciones, como si lleváramos años compartiendo estas sencillas tareas. El agua caliente corría sobre mis manos mientras enjabonaba los restos de huevo de un plato de porcelana, el sonido un murmullo constante que llenaba la quietud de la casa vacía, mientras Fabián, a mi lado, secaba cada pieza con un paño de lino, sus movimientos eficientes y precisos, un eco de la disciplina que ambos compartíamos en un mundo completamente diferente.
— No tenías que hacer esto. Yo me encargo. Has hecho más que suficiente por mí en las últimas doce horas.
— Somos un equipo, ¿no? Eso incluye las misiones de combate en el extranjero y las operaciones de limpieza de cocina en territorio nacional. Tú lavas, yo seco. Es una cuestión de eficiencia.
Mi protesta fue un murmullo débil, un último vestigio del anfitrión que se suponía que debía ser, pero su respuesta fue tan rápida y tan cargada de un significado oculto que me arrancó una sonrisa cansada. La referencia a nuestro trabajo, a nuestro lenguaje compartido de estrategia y misiones, aplicada a la mundana tarea de fregar los platos, era un puente entre los dos mundos que habitábamos, una forma de normalizar lo increíble de nuestra situación. Nuestros brazos se rozaban con cada movimiento, el calor de su piel a través de la fina tela de la camiseta una presencia constante que me anclaba a la realidad de que no estaba soñando, que él estaba realmente allí, en mi cocina, secando los platos de mi esposa mientras el sol de la mañana nos bañaba a los dos. El simple acto de compartir aquella tarea era más íntimo que cualquier beso, una promesa silenciosa de apoyo que iba más allá de la pasión.
Una vez que el último plato estuvo seco y guardado en su sitio, nos quedamos de pie en medio de la cocina impecable, el silencio volviendo a instalarse entre nosotros, pero esta vez era un silencio diferente, cargado de una tensión que ya no era de dolor, sino de una conciencia renovada de nuestros cuerpos. El agotamiento seguía ahí, un peso sordo en mis huesos, pero bajo él, una corriente subterránea de deseo comenzaba a agitarse de nuevo, alimentada por la cercanía y la intimidad de la mañana. Me sentía sucio, no solo por la resaca y la falta de sueño, sino por el peso de la noche, una necesidad de lavar no solo la piel, sino el alma, de purificarme antes de tener que enfrentar el mundo exterior. El recuerdo de su cuerpo junto al mío en la cama, de su calor, de su aroma, era una brasa que se negaba a extinguirse.
— Necesito… una ducha. Sigo sintiendo el cansancio hasta en los huesos.
— ¿Hay sitio para dos en esa fortaleza de mármol que tienes ahí arriba? Podríamos ahorrar agua. Es una cuestión de estrategia y conservación de recursos, Coronel.
El baño principal era un santuario de lujo y exceso, un espacio tan grande como el apartamento entero de Fabián, revestido de mármol blanco veteado de gris que estaba frío bajo nuestros pies descalzos. El aire olía a las sales de baño de lavanda de Beatriz y al aceite de gardenia que usaba para la piel, una fragancia abrumadoramente femenina que convertía nuestra presencia allí en un acto de profanación deliberada. La luz del sol se refractaba a través de la enorme mampara de cristal de la ducha, creando pequeños arcoíris que danzaban sobre las paredes pulidas y los grifos de cromo que brillaban con una promesa de calor y purificación. Era un espacio diseñado para la relajación solitaria, para el cuidado personal de una mujer de alta clase, no para la intimidad cruda y prohibida de dos hombres que acababan de romper todas las reglas de sus respectivos mundos. Fabián silbó suavemente al entrar, su mirada recorriendo el espacio con una mezcla de asombro y diversión, sus ojos verdes brillando con una picardía que aligeró la tensión.
— Vaya, Coronel. Su esposa tiene buen gusto. Esto no es un baño, es un spa. Creo que mi apartamento entero cabría solo en la ducha.
— Ella siempre ha apreciado las cosas buenas de la vida. A veces creo que me incluyó en esa categoría por mi potencial, no por mi estado inicial.
Mi respuesta fue un intento de broma, pero la amargura en mi propia voz me sorprendió, una verdad que se escapó sin mi permiso. Abrí la puerta de cristal de la ducha, el pesado panel moviéndose sin esfuerzo sobre sus bisagras, y giré el grifo, liberando un torrente de agua caliente cuyo vapor comenzó a llenar el aire casi al instante, empañando el mármol y creando una nube blanca y densa que nos envolvió, aislándonos del resto de la casa, del resto del mundo. Nos despojamos de la ropa que habíamos usado para dormir con una lentitud deliberada, nuestros movimientos sincronizados en la penumbra vaporosa, cada prenda que caía al suelo un velo menos entre nosotros, hasta que quedamos de pie, desnudos y expuestos, en la antesala de nuestro santuario prohibido. El sonido del agua golpeando el suelo de mármol era un tambor constante que hacía eco al ritmo acelerado de mi corazón.
Entramos juntos en la nube de vapor, el calor inmediato del agua una caricia que relajó mis músculos tensos y silenció el martilleo de mi cabeza, al menos por un momento. El espacio era tan amplio que podríamos habernos mantenido a distancia, pero en lugar de eso, nos encontramos bajo el mismo chorro, el agua cayendo en cascada sobre nuestros hombros y espaldas, pegando nuestros cuerpos en una adhesión resbaladiza y sensual. Alcancé el bote de gel de ducha que estaba en un nicho de la pared, un gel con un aroma floral y exótico que era inconfundiblemente de Beatriz, y vertí una cantidad generosa en mi mano. El acto de usar su jabón para lavar su cuerpo fue una transgresión tan íntima, tan específica, que se sintió como el punto de no retorno, una declaración silenciosa de que las viejas lealtades habían sido disueltas bajo el torrente de una nueva verdad.
Mis manos se movieron sobre su pecho, la espuma creando una capa blanca y resbaladiza sobre su piel, mis dedos trazando el contorno de sus músculos, aprendiendo de nuevo la geografía de su torso con una lentitud que era una tortura exquisita. Él cerró los ojos, su cabeza echada hacia atrás, rindiéndose al gesto, su respiración volviéndose más profunda, más entrecortada. Luego, tomó el gel de mis manos y repitió el acto, sus palmas moviéndose sobre mis hombros, mi espalda, mis caderas, cada roce una mezcla de cuidado tierno y deseo creciente. No era la pasión desesperada y hambrienta de nuestro primer encuentro; era algo más profundo, una exploración lenta y deliberada, un acto de adoración mutua en el que el placer no era el único objetivo. Era una forma de reclamarnos, de marcarnos como propios en el corazón mismo del territorio enemigo, usando las armas de la intimidad para conquistar un espacio que nunca nos pertenecería.
Justo cuando sus labios encontraron los míos, el vapor arremolinándose a nuestro alrededor como un velo nupcial, un sonido agudo y electrónico atravesó la neblina, una melodía digital tan fuera de lugar en nuestro santuario de agua y piel que nos hizo dar un salto hacia atrás como si nos hubieran electrocutado. Sobre el tocador de mármol, más allá del cristal empañado, mi teléfono móvil vibraba con una insistencia maníaca, la pantalla iluminada con una fotografía sonriente de Beatriz y la palabra “Videollamada” parpadeando como una sirena de advertencia. El sonido destrozó el hechizo, la realidad irrumpiendo en nuestra burbuja con la sutileza de un ariete, y un pánico helado, tan frío como el mármol bajo mis pies, se apoderó de mí, mi corazón cayendo en picado desde las alturas del deseo hasta las profundidades del terror más absoluto. La intimidad se evaporó, reemplazada por el hedor rancio del miedo y la certeza de ser descubierto.
— ¡Mierda! ¡Es Beatriz! Métete en el vestidor, ¡rápido! ¡No dejes que te vea!
— Diego, respira. Es peor si no contestas. Se preocupará, llamará a sus padres, llamará a la base. La mentira solo te enredará más.
Mi orden fue un siseo desesperado, mi mente entrando en modo de crisis, buscando frenéticamente una vía de escape, una coartada, una mentira plausible que pudiera contener la catástrofe inminente. Pero Fabián, para mi asombro, permaneció completamente calmado, su voz un ancla de lógica en mi tormenta de pánico, sus ojos verdes fijos en los míos, obligándome a pensar más allá del terror inmediato. El teléfono seguía sonando, cada vibración un latigazo en mis nervios, la cara sonriente de mi esposa una acusación digital que me juzgaba desde el otro lado del mundo. Él tenía razón; no contestar era peor, crearía una cascada de preguntas que no podría responder, pero la idea de que ella lo viera allí, en nuestro baño, medio desnudo, era un escenario de pesadilla que mi mente se negaba a procesar.
— ¡Pero no puedo dejar que te vea! ¡Aquí! ¡En nuestro baño! ¡Conmigo! ¡Pensará…!
— Confía en mí. —interrumpió, sus dos palabras un salvavidas en medio de mi histeria—. Contesta el teléfono. Ya está. Jugaremos la verdad, pero a nuestra manera.
Antes de que pudiera protestar, salió de la ducha, el agua chorreando de su cuerpo, y tomó una de las enormes y mullidas toallas blancas del calentador, envolviéndola alrededor de su cintura con una calma exasperante. Luego, con una audacia que me dejó sin aliento, caminó hacia el teléfono, su expresión serena, como un estratega evaluando un campo de batalla impredecible. Yo salí tras él, envolviéndome torpemente en otra toalla, mi corazón martilleando contra mis costillas con la fuerza de un prisionero que intenta escapar. Con un gesto que selló nuestro destino, Fabián deslizó el dedo por la pantalla y aceptó la llamada, y el rostro alegre y vibrante de Beatriz llenó el pequeño rectángulo de luz, su voz llenando el baño con una normalidad tan aplastante que se sentía surrealista.
— ¡Cariño! ¡Por fin! Estaba empezando a preocuparme. Te llamé antes y no contestabas. ¿Qué tal todo por casa? Te ves… acalorado.
Su rostro sonriente, enmarcado por el anodino fondo de una habitación de hotel a miles de kilómetros de distancia, era una ventana a un mundo al que sentía que ya no pertenecía, su alegría una nota discordante en la sinfonía de mi pánico. Me acerqué al teléfono, obligando a mi rostro a adoptar una expresión de normalidad, el vapor de la ducha todavía aferrándose a mi piel y a mi pelo, proporcionando una excusa perfecta para mi aspecto sofocado. Fabián permaneció fuera del encuadre, una presencia invisible pero abrumadora a mi lado, y sentí su mano posarse brevemente en la parte baja de mi espalda, un gesto de apoyo que fue a la vez un ancla y un riesgo aterrador. La conversación que siguió fue un ejercicio de funambulismo sobre un abismo de mentiras, cada palabra cuidadosamente sopesada, cada sonrisa una máscara sobre el terror que sentía por dentro.
— Hola, mi amor. Perdona, estaba en la ducha y no oí el teléfono. Todo… todo bien por aquí. Un día perezoso, ya sabes.
— ¿Y hablaste con tus madre sobre… lo de tu padre? Sé que debe ser muy duro para ella también.
— Sí, sí, llamé esta mañana. Está destrozada, claro, pero se está siendo apoyada por sus hermanas, mis tías. Iba a pasarme por su casa esta tarde.
La mentira fluía de mis labios con una facilidad que me asqueaba, construyendo una realidad paralela en tiempo real, una fortaleza de falsedades que se sentía cada vez más frágil. Justo en ese momento, con un movimiento tan natural que parecía completamente espontáneo, Fabián entró en el campo de visión de la cámara, secándose el pelo con una pequeña toalla, la más grande envuelta alrededor de su cintura, una sonrisa encantadora y ligeramente avergonzada en su rostro. La expresión de Beatriz pasó de la preocupación cariñosa a la sorpresa absoluta en una fracción de segundo, sus ojos verdes abriéndose de par en par, su boca formando una “o” silenciosa antes de que el asombro diera paso a algo completamente inesperado: una risa genuina y encantada que resonó desde el altavoz del teléfono.
— ¡Fabián! ¡Pero bueno! ¿Qué haces tú ahí? ¡No me digas que mi marido por fin se está tomando en serio mi consejo de socializar y hacer amigos!
— ¡Beatriz! Lamento terriblemente la interrupción, de verdad. Espero no estar en medio de nada privado. El Coronel me ofreció usar la ducha y creo que me he tomado demasiadas libertades con su hospitalidad.
Su actuación fue una obra maestra de carisma y falsa modestia, su tono tan perfectamente calibrado que disipó cualquier posible sospecha antes de que pudiera formarse. Tomé el relevo, siguiendo el guion improvisado que su audacia había creado, mi voz encontrando un nuevo nivel de convicción. La mentira era tan grande, tan descarada, que se volvía extrañamente creíble. Era más fácil de aceptar que la sucia y complicada verdad.
— Es una larga historia. Después de la noticia de anoche… no estaba muy bien. Me sentía bastante perdido. Fabián se enteró por un compañero de la base y se pasó por casa esta mañana para ver cómo estaba, para asegurarse de que no hiciera ninguna estupidez. Ha sido… un buen amigo.
— El Coronel es un hombre demasiado reservado, y pensé que no le vendría mal un poco de compañía para no darle demasiadas vueltas a la cabeza en una casa tan grande y vacía —añadió Fabián, su mirada encontrando la mía por un instante, una corriente de complicidad pasando entre nosotros—. Le preparé el desayuno y hemos estado charlando. Iba a usar la ducha de invitados, pero me confesó que esta tenía mucha más presión. ¡Y no mentía, es increíble!
La historia, tan perfectamente tejida entre los dos, encajaba a la perfección en la narrativa que la propia Beatriz deseaba. Ella siempre se había preocupado por mi aislamiento, por mi incapacidad para forjar lazos fuera del estricto código de la jerarquía militar. Ver a un hombre como Fabián, a quien ella misma había juzgado como encantador e inteligente, cuidando de su marido en un momento de crisis, no era una señal de alarma, sino la respuesta a sus plegarias. La alegría en su rostro era genuina, su alivio palpable.
— ¡Me parece absolutamente maravilloso! De verdad, Fabián, no tienes ni idea de cuánto te lo agradezco. Siempre le estoy diciendo que necesita un amigo de verdad, alguien con quien desahogarse que no sea yo. ¡Me dejas muchísimo más tranquila sabiendo que está contigo y no solo, amargándose en esa casa! ¡Saludadme a los dos, par de guapos!
La llamada terminó poco después, con promesas de volver a llamar más tarde y con una Beatriz visiblemente más feliz y relajada, completamente ajena a la realidad de la escena que acababa de presenciar. Cuando la pantalla se quedó en n***o, el silencio que descendió en el baño fue ensordecedor, cargado con la adrenalina de la mentira y la audacia de lo que acabábamos de hacer. Nos quedamos de pie, uno al lado del otro, dos hombres en toallas en el baño de mármol de mi esposa, el vapor disipándose lentamente a nuestro alrededor, revelando nuestros rostros en el espejo. Yo estaba pálido, temblando ligeramente por la tensión, pero en los labios de Fabián comenzaba a dibujarse una sonrisa lenta y triunfante.
— Estás completamente, absolutamente y peligrosamente loco.
— Y tú me acabas de presentar a tu esposa como tu “buen amigo” mientras estábamos medio desnudos en tu baño, justo después de ducharnos juntos. Dime, Diego, ¿quién de los dos está más loco ahora?