Capítulo 8.

2022 Words
[ Al día siguiente, en la noche. ] El timbre resonó por la casa con la claridad de una sentencia. Mi corazón, un traidor en mi pecho, dio un salto violento, un golpe sordo contra mis costillas. Llevaba toda la tarde con los nervios a flor de piel, una tensión que se enroscaba en mi estómago como una serpiente helada mientras observaba a Beatriz orquestar los preparativos para la cena. Ella, ajena a mi tormenta interna, se movía por la casa con una calma y una eficiencia que me resultaban casi insultantes. Cada flor en su jarrón, cada cubierto de plata alineado con precisión milimétrica sobre la mesa de caoba, era un recordatorio del orden perfecto que estaba a punto de ser profanado por la colisión de mis dos mundos. Beatriz fue quien lo invitó. La idea había sido suya, un capricho espontáneo nacido de una conversación de apenas unos minutos en la pista de atletismo. Y ahora, el hombre que ocupaba mis pensamientos más secretos estaba al otro lado de mi puerta. Tomé una respiración profunda, enderezando mi postura hasta que la rigidez de mi espalda se sintió como una armadura. Fui yo quien caminó hacia la entrada, un autómata movido por el deber social. Al abrir la puerta, el aire pareció espesarse. Allí estaba él. Fabián. La elegancia era algo que le sentaba tan natural como el uniforme de combate. Llevaba un traje de color azul marino, de un corte impecable que se ceñía a su cuerpo atlético sin restarle un ápice de fluidez. Debajo, una camisa blanca, desabrochada en el cuello, le confería un aire de sofisticación relajada que contrastaba violentamente con mi propia tensión contenida. Su cabello n***o azabache estaba peinado hacia atrás, aún con ese toque desenfadado que lo caracterizaba, y sus ojos verdes brillaron con una luz cálida y amable al verme. — Coronel. Buenas noches. Su voz, grave y calmada, vibró en el aire entre nosotros. Por un instante, el mundo se redujo a nosotros dos en el umbral, el recuerdo de la ducha, de su piel desnuda, de su audaz comprensión, inundando mi mente. — Fabián. Pasa, por favor. Eres bienvenido —logré decir, mi tono más formal de lo que pretendía. Beatriz apareció a mi lado, una visión en un vestido de seda color esmeralda que hacía juego con sus ojos. Su sonrisa fue genuina, magnética. — ¡Fabián! Qué alegría que hayas podido venir. Estás elegantísimo. Pasa, no te quedes en la puerta —verbalizó, tomando su brazo con una familiaridad que me revolvió las entrañas y guiándolo hacia el salón. Justo en ese momento, mis hijos bajaban por la escalera. Tomás, el primero, como siempre, lleno de una energía incontenible. Se detuvo en seco al ver a Fabián, sus ojos verdes, los mismos que los de su madre, abriéndose con curiosidad. — ¡Mamá! ¿Quién es él? —preguntó sin rodeos. — Tomás, qué modales. Él es Fabián Rivas, un compañero de tu padre. Fabián, te presento a mi hijo, Tomás —intervino Beatriz. Fabián se giró y le tendió la mano a mi hijo. Su sonrisa no era condescendiente, sino abierta y directa. — Un placer, Tomás. Tu padre me ha hablado de ti. Me dijo que eres un campeón en el campo de fútbol. La fachada rebelde de Tomás se desmoronó al instante. Una sonrisa de orgullo se dibujó en su rostro. — ¿En serio? ¿Papá te habló de mí? Pues sí, mañana tenemos un partido importante. ¿A ti te gustan los deportes? — Me apasionan —respondió Fabián, su carisma llenando la habitación—. Sobre todo los que requieren estrategia y resistencia, como el montañismo. Pero el fútbol tiene esa magia del trabajo en equipo. Es muy parecido a una maniobra militar, ¿sabes? Cada uno tiene una posición, una responsabilidad, y el éxito depende de que todos se muevan como uno solo. Tomás estaba fascinado. Nunca nadie, aparte de mí, le había hablado de su pasión en esos términos. Vi en sus ojos la misma admiración que yo había sentido al escuchar la pregunta de Fabián en el auditorio. Fue entonces cuando Lucía terminó de bajar la escalera. Se movía con su elegancia silenciosa y madura, su cabello oscuro cayendo sobre sus hombros. Sus ojos verdes, normalmente melancólicos y observadores, se posaron en Fabián. Se detuvo, su habitual reserva rota por una chispa de interés visible. — Y ella es mi hija mayor, Lucía —comenté, mi voz sonando extraña a mis propios oídos. Fabián se volvió hacia ella. Su sonrisa se suavizó, volviéndose menos enérgica y más comprensiva, adaptándose instintivamente a la naturaleza introspectiva de mi hija. — Lucía. Es un verdadero placer. Tu padre también me ha hablado de ti. Me contó que eres una artista increíble. Lucía se sonrojó levemente, un gesto rarísimo en ella. Normalmente, desviaba la mirada, incómoda con la atención directa. Pero esta vez no. Sostuvo la mirada de Fabián, una tímida sonrisa asomando en sus labios. — Papá exagera. Solo pinto un poco. — No lo creo —replicó Fabián, su mirada recorriendo el salón hasta detenerse en un pequeño cuadro colgado cerca de la chimenea, un paisaje tormentoso que Lucía había pintado el año anterior— Si ese de allí es tuyo, no “pintas un poco”. Tienes un don para capturar la emoción en el color. Me recuerda a Turner. El rostro de Lucía se iluminó por completo. Turner era su pintor favorito, un detalle que solo Beatriz y yo conocíamos. Que un extraño, un hombre tan atractivo y seguro de sí mismo, pudiera verlo en su obra, la desarmó. — ¿De verdad lo crees? La mayoría de la gente solo ve nubes grises. — Yo veo la lucha entre la luz y la sombra —respondió él en voz baja, y en ese momento, sentí que la conversación se había vuelto íntima, un espacio privado entre ellos dos del que yo era un mero espectador. Nos sentamos a la mesa. Beatriz, la anfitriona consumada, se sentó en una cabecera, y yo en la otra. Colocó a Fabián en el centro, entre nuestros dos hijos. Una decisión estratégica, sin duda. Desde mi posición, tenía una vista perfecta de la escena, una tortura panorámica. La cena comenzó, y la conversación fluía con una facilidad que me resultaba alarmante. Fabián era el centro de gravedad, atrayendo la atención de todos sin esfuerzo. Enganchó a Tomás en una animada discusión sobre técnicas de entrenamiento físico, comparando la disciplina de un soldado con la de un atleta de élite. Mi hijo, normalmente desafiante conmigo, escuchaba cada palabra con una atención reverencial. — …entonces, la clave no es solo la fuerza, sino saber cuándo aplicarla. La anticipación es tu mejor arma. Si sabes lo que tu oponente va a hacer antes de que lo haga, ya has ganado —explicaba Fabián, gesticulando con el tenedor. — ¡Eso es! ¡Justo lo que intento hacer! Estudio sus jugadas, busco sus puntos débiles —exclamó Tomás, emocionado. Pero mi atención estaba en Lucía. Ella apenas comía. Estaba absorta, observando a Fabián con una intensidad que nunca le había visto dirigir a nadie. Su habitual aire distante se había evaporado, reemplazado por una fascinación abierta y vulnerable. Conocía a mi hija. Conocía su mente reflexiva, su corazón reservado. Y esa mirada… era nueva. Era la mirada de alguien que no solo admira, sino que anhela. Era la mirada de un primer enamoramiento, floreciendo allí mismo, en mi mesa, bajo las luces de mi hogar. — Fabián, me dijiste que te gustaba el montañismo —intervino Lucía, su voz suave pero clara, cortando la conversación sobre deportes—. ¿Qué es lo que buscas allí arriba? Fabián se giró para mirarla, dándole toda su atención. — Es una buena pregunta. Creo que busco… perspectiva. Cuando estás en la cima, rodeado solo por el cielo y el silencio, el resto del mundo, sus problemas, sus ruidos, se ven muy pequeños, muy lejanos. Te obliga a enfrentarte solo a ti mismo. — ¿No te sientes solo? —preguntó ella, sus ojos verdes fijos en los suyos. — Al principio sí. Pero luego te das cuenta de que no es soledad, es claridad. Es el único lugar donde siento que no tengo que usar ninguna máscara. La palabra “máscara” me golpeó en el pecho. Recordé la conversación de hacía unos días, cuando Lucía me habló de su proyecto de arte sobre las fachadas que construimos. Ahora, Fabián le estaba hablando en su propio idioma, conectando con la parte más profunda de su alma creativa. Y entonces, lo vi con una claridad devastadora. La forma en que Lucía se inclinaba ligeramente hacia él. La forma en que su sonrisa era a la vez tímida y deslumbrante. La forma en que sus preguntas no eran meras curiosidades, sino intentos de comprender el alma del hombre que tenía delante. Le gusta. La certeza me cayó encima como una losa de granito. A mi hija, a mi introspectiva y melancólica Lucía, le gustaba Fabián. Y en ese mismo instante, una oleada de calor me subió por el cuello, una emoción oscura y posesiva. Celos. Eran celos puros y salvajes, tan intensos que me costó respirar. Eran por ella, por mi hija, claro. Era la reacción natural de un padre protector que ve a su hija interesarse por un hombre. Sí, eso tenía que ser. Pero era una mentira. Porque mientras observaba la mirada de admiración de Lucía, esa fascinación que la hacía brillar desde dentro, reconocí el sentimiento. Lo reconocí con un horror paralizante, porque era el mismo que yo sentía arder en mi interior cada vez que Fabián me miraba. Era la misma necesidad de ser visto por él, de ser comprendido por él. La mirada de mi hija era un espejo de mi propio deseo secreto. Y la idea de que ella pudiera sentirlo, de que pudiera, hipotéticamente, recibirlo, mientras yo debía ocultarlo, me llenó de una rabia irracional. — La disciplina es lo que te lleva a la cima, Lucía —intervine, mi voz sonando dura y cortante, rompiendo la intimidad de su conversación—. El sentimentalismo no te ayuda a clavar un piolet en el hielo. El silencio cayó sobre la mesa. Lucía se encogió, la luz en sus ojos atenuándose, volviendo a encerrarse en su caparazón. Fabián me miró, y por un segundo, vi una pregunta en sus ojos, una confusión ante mi repentina hostilidad. Beatriz, siempre la estratega, intervino para suavizar la tensión. — Diego tiene razón en que se necesita mucha fuerza. Pero creo que lo que dice Fabián es muy poético. Equilibrar la fuerza con la sensibilidad es lo que define a un hombre completo, ¿no crees? —expresó, dirigiendo una sonrisa encantadora a Fabián. — Absolutamente, señora. La fuerza sin un propósito, sin una comprensión de por qué luchas, es solo brutalidad —respondió él, su mirada volviendo a mí, desafiante y comprensiva a la vez. El resto de la cena fue una tortura. Tuve que sentarme allí y ver cómo Fabián, sin siquiera intentarlo, se ganaba a mi familia. Se ganó el respeto de mi hijo rebelde y la admiración de mi hija soñadora. Y lo peor de todo, se ganó el interés genuino de mi astuta y perspicaz esposa, que lo observaba con una fascinación que iba más allá de la simple cortesía. Me sentí como un extraño en mi propia casa, un rey destronado en su propio castillo. Este hombre había entrado y, en el transcurso de una sola cena, había ocupado un espacio que yo no sabía que estaba vacío. Y mientras los veía reír por una anécdota que contó sobre la academia, la sensación de celos volvió, más fuerte y fea que antes. Porque no eran solo los celos de un padre, ni los de un hombre atraído por otro. Eran los celos de un alma solitaria que ve a otro conectar sin esfuerzo con las personas que más ama, mientras él permanece atrapado detrás de su propia fortaleza, observando desde las almenas, completamente solo.
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