Son ya las cinco de la tarde, el sol de una naranja feroz se había puesto a la tarea de teñir de una calidez abrasadora la tierra de la pista de atletismo, una capa de arcilla compactada que se extendía ante nosotros como una serpiente parda. El aire, denso y cargado con el olor salobre de nuestro propio sudor, se pegaba a mi piel, empapando el uniforme verde olivo y haciendo que cada respiración resultara un esfuerzo consciente. La orden del teniente había sido clara: una carrera de resistencia de veinticinco minutos, sin descanso, sin tregua, una prueba para ver quién de los reclutas aguantaría el brutal ritmo que yo había impuesto. Al frente del pelotón, mi cuerpo funcionaba como una máquina, mis piernas moviéndose en un compás implacable, mis brazos bombeando al unísono, un reflejo automático de años de disciplina y entrenamiento que me habían convertido en un ente de fuerza y tenacidad inquebrantables. Mis pulmones quemaban con un fuego que ya me era familiar, una sensación que en lugar de detenerme, me impulsaba hacia adelante, una dolorosa certeza de que estaba vivo, de que era fuerte, de que no tenía límites. Justo detrás de mí, como una sombra insistente, corría Fabián, su zancada más ligera y ágil que la mía, pero su rostro ya cubierto por un rubor de cansancio que contrastaba con la firmeza de su mirada, sus ojos verdes fijos en mi espalda como si estuviera a punto de un salto.
La cuenta regresiva del teniente resonó en el campo de entrenamiento, una voz áspera y desapasionada que anunciaba el final de nuestra tortura, y el pelotón, como un cuerpo único, se derrumbó sobre la arcilla, jadeando, vomitando, exhausto. Permanecí de pie, mi respiración profunda y regular, el único que no había cedido al peso del ejercicio, mi cuerpo una estatua de poder y control que se negaba a doblegarse ante la fatiga. El aroma de la tierra húmeda, mezclada con el sudor de la multitud, impregnaba el ambiente, una mezcla cruda y visceral que olía a esfuerzo y a la victoria silenciosa de mi propia resistencia. Busqué con la mirada a Fabián entre el mar de cuerpos rendidos, encontrándolo a unos metros de mí, su frente perlada de sudor mientras se apoyaba sobre sus rodillas, sus manos manchadas de tierra. Cuando levantó el rostro para encontrarse con el mío, sus ojos verdes destellaron con un toque de admiración, un reconocimiento mudo por mi capacidad de haber soportado lo que a los demás había destrozado por completo. Me acerqué a él, mi paso firme sobre la arcilla, una sensación de orgullo mezclada con esa extraña y creciente necesidad que sentía cada vez que lo tenía cerca. Fabián se irguió a mi lado con la misma rapidez que un resorte, su cuerpo tenso pero ya recuperado, y en ese preciso instante en que le iba a proponer una caminata, una presencia que no esperaba se materializó a unos metros de nosotros.
Era Beatriz, caminando hacia nosotros con esa gracia innegable que siempre la había caracterizado, su cabello pelirrojo, encendido por el sol de la tarde, caía en ondas suaves sobre los hombros de su vestido de lino, de un blanco inmaculado. No solía venir a la base a estas horas, y su presencia, elegante y sofisticada, se sentía como un destello de luz en el ambiente rudimentario y terroso que nos rodeaba. Mi corazón, que había permanecido inmutable durante la extenuante carrera, ahora latía con una velocidad incontrolable en mi pecho, una alarma que se encendió ante la idea de que los dos mundos en mi vida estaban a punto de colisionar, de que la mujer que representaba mi vida de orden y estabilidad estaba a punto de conocer al hombre que representaba el caos y mi deseo más profundo. La tela fina del vestido se movía con una ligereza etérea mientras se acercaba, su silueta dibujándose contra la luz dorada del atardecer, una visión de belleza que me llenó de un pánico frío y paralizante. El aire se llenó con la fragancia delicada de su perfume de jazmín y cítricos, una nota de distinción que contrastaba con el olor a sudor y tierra que emanábamos nosotros, una mezcla que me hizo sentir aún más la traición que estaba a punto de cometer. Al verla caminar hacia nosotros, me quedé sin habla por la sorpresa, mientras una punzada de culpa me atravesaba el pecho, una señal de lo arriesgado que resultaba este encuentro.
— ¡Diego, cariño! ¿Qué haces tan sudado? Pensé que ya habías terminado por hoy —susurró, su voz melódica sonando como una melodía fuera de lugar en el campo de entrenamiento.
— Acabamos de terminar la carrera. Tú… ¿qué haces aquí? —inquirí, mi voz sonando ronca, mi mirada yendo de su rostro a la figura de Fabián, quien observaba la interacción con una curiosidad velada.
— Me apetecía darte una sorpresa. ¿No puedo visitar a mi esposo en su lugar de trabajo? —preguntó ella, sus ojos verdes brillando con una intensidad juguetona, aunque mi mente, acostumbrada a leerla, pudo percibir un sutil matiz de control en la pregunta.
— Claro que sí, es solo que… te esperas a un momento inesperado —mascullé, tragando saliva con dificultad, mi cuerpo tenso, como una cuerda a punto de romperse.
— No seas tonto. No le hagas caso, está desorientado por el cansancio. ¡Qué maleducado eres, Diego, no me has presentado a tu amigo! —exclamó ella con un tono vivaz, su sonrisa inmaculada dirigida ahora hacia Fabián.
— Lo siento, cariño. Fabián, ella es mi esposa, Beatriz. Beatriz, él es Fabián, uno de mis mejores reclutas —articulé, la presentación saliendo de mis labios con una naturalidad falsa, mis manos apretadas en puños a mis costados.
La mirada de Beatriz se clavó en la de Fabián, un escrutinio frío y calculador que me revolvió el estómago. Sentí el mismo terror que sentía un enemigo frente a la astucia de ella, su mente aguda procesando cada detalle, cada gesto, buscando una grieta en la armadura. Fabián, por su parte, se mantuvo imperturbable, su cuerpo relajado, una sonrisa sincera iluminando sus labios mientras sus ojos verdes, tan llenos de vida, se encontraron con los de mi esposa. Un escalofrío me recorrió la espalda al ver la naturalidad con la que Fabián se manejaba ante una mujer tan imponente como Beatriz, su carisma y su empatía pareciendo desarmarla. Ella, una mujer que rara vez cedía ante el encanto de un hombre, se había quedado sorprendida, una expresión que no había visto en ella en años, una de genuina y sincera sorpresa. Y luego, esa sorpresa se convirtió en algo más: una especie de fascinación, un interés que la hacía bajar la guardia y mostrar su lado más accesible.
— Fabián, ¿verdad? Es un nombre muy singular. ¿Desde cuándo formas parte de la base? —indagó Beatriz, su voz ahora más suave y acogedora, un tono que solía reservarse para sus encuentros más íntimos.
— Un placer, señora. Llevo poco tiempo, pero el coronel me ha enseñado todo lo que debo saber para progresar. Es un maestro —respondió Fabián, su voz grave y melódica, su mirada yendo de mi esposa a mí, un atisbo de complicidad que me hizo querer salir corriendo de aquel lugar.
— ¡Oh, sí! Mi esposo es un hombre increíblemente riguroso. Pero también muy efectivo, lo ha sido siempre. ¿Y qué te parece el clima de la base? —continuó ella, sus ojos brillantes fijos en el rostro de Fabián, una luz de curiosidad que no se disimulaba, haciendo que mi cuerpo sintiera el peso de su atención.
— Es un lugar lleno de vida, a pesar de que es un lugar para entrenar. El ambiente de camaradería es muy bueno —replicó Fabián, con esa extraña capacidad de dar una respuesta sincera y al mismo tiempo mantener una distancia profesional, una cualidad que me intrigaba demasiado.
— Me alegra oír eso. Es importante que la gente se sienta a gusto. ¿Y tú qué tal con tu resistencia? Vi que corriste muy bien. Diego es muy difícil de alcanzar, incluso para los mejores —interrumpió ella, sus palabras llenas de un orgullo que me recordó el amor que ella sentía por mí, un amor que yo había traicionado en mi mente.
— Me gusta correr, me ayuda a despejarme, a pensar con claridad. El coronel siempre está muy por encima de todos. Su resistencia es muy superior a la del resto. A veces me da la sensación de que, mientras nosotros estamos sufriendo, él está disfrutando —puntualizó Fabián, su voz con un tono de admiración genuina, una admiración que me llenó de una sensación extraña.
— Sí, eso es lo que me gusta de él. Es un hombre que no se rinde ante nada, que siempre busca la excelencia. Su ambición es una de sus virtudes —intervino Beatriz, su mirada llena de orgullo, pero también con una pequeña sombra de preocupación que me hizo pensar que no solo estaba admirando mi resistencia, sino también mi control, mi capacidad de mantener mi vida en un orden perfecto.
— ¿Y tú, Beatriz, qué tal tus negocios? He visto en el periódico que eres una mujer muy inteligente, y que tus estrategias han sido cruciales para la empresa —inquirió Fabián, con una voz que mostraba un interés genuino, una muestra de su empatía y de su capacidad de ver más allá de la superficie.
— Me gusta que leas el periódico, Fabián. Es una señal de que eres un hombre muy informado. Pero sí, me va muy bien. Mis socios confían mucho en mí y en mi mente, me ven como una estratega —respondió ella, con una sonrisa que la hacía parecer una niña pequeña, una imagen de ternura que me sorprendió, una imagen que rara vez mostraba.
— Claro que sí. Es que la elegancia, la sofisticación y el intelecto hacen un cóctel explosivo. Me gusta que seas tan franca con tu ambición —continuó Fabián, sus palabras resonando en el aire, una sensación de intimidad y de cercanía que me hizo sentir que ellos se conocían de toda la vida.
— Gracias por el cumplido, Fabián. Me encanta que me veas como una mujer audaz. No todos los hombres lo aprecian. Te diré algo que a lo mejor te parece interesante. Mañana por la noche, en mi casa, voy a hacer una cena. ¿Quieres venir? —preguntó ella, con un tono que dejaba claro que no aceptaría un ‘no’ como respuesta.
— Sería un placer, señora. Muchas gracias por la invitación. Es un honor que me invite a su casa. Estaré allí sin falta —respondió Fabián, la sorpresa en sus ojos verdes, pero la felicidad también se hizo visible, y eso me hizo sentir una punzada de celos.
— Excelente. Te espero a las ocho de la noche —concluyó ella, la sonrisa en su rostro, la satisfacción en su mirada.
— Por allí estaré. Gracias de nuevo —finalizó él, con una inclinación de cabeza.
Beatriz se despidió con un movimiento de su mano, su silueta alejándose con la misma gracia con la que había llegado, una visión de elegancia que se desvanecía lentamente en la distancia. Me quedé inmóvil, mi cuerpo una estatua de piedra, mi mente un caos total. El aire, que antes olía a sudor y a tierra, ahora tenía un toque de jazmín y de cítricos, una fragancia que se había mezclado con el aroma de Fabián, una mezcla que me hacía sentir náuseas. Un hormigueo de celos me recorrió el pecho, una emoción que me era completamente ajena, una que no había sentido en años, desde mi adolescencia. La forma en que Fabián la había mirado, con esa admiración sincera, la forma en que había conversado con ella, con esa naturalidad que lo hacía tan encantador, me había golpeado en el estómago como un puñetazo, una bofetada cruel. No podía negar que me sentía celoso, que sentía una punzada de dolor y de pánico ante la idea de que mi esposa y mi amante pudieran congeniar, de que el mundo que yo había mantenido separado por tanto tiempo, pudiera unirse en un caos incontrolable. El eco de la risa de Beatriz, mezclado con la voz de Fabián, se repetía una y otra vez en mi mente, un fantasma que no me dejaba en paz. En ese momento, solo quería que el tiempo se detuviera, que pudiera volver atrás y evitar que Beatriz llegara, para poder mantener mi vida en el mismo orden que yo siempre había querido, una vida sin contradicciones.
Me encontraba en la ducha, el agua fría cayendo en cascada por mi cuerpo, un intento de lavar la suciedad del día y la tormenta que se había desatado en mi interior. Pero el agua no podía borrar las imágenes que se repetían una y otra vez en mi mente, la sonrisa de Beatriz, el brillo en sus ojos, la forma en que había invitado a Fabián a la cena. La sensación de que mi vida se me estaba escapando de las manos era abrumadora, un sentimiento que me hacía sentir impotente, un hombre que, a pesar de su disciplina y su control, no podía manejar la situación en la que se encontraba. El miedo a perder a mi esposa, a mis hijos, a mi vida, se había mezclado con el miedo a perder a Fabián, una contradicción que me estaba devorando por dentro. El recuerdo de sus ojos verdes, de su voz grave, de su encanto, me hacía sentir una necesidad de él que me era completamente ajena, una necesidad que me asustaba. Me quedé allí, inmóvil, el agua fría cayendo por mi espalda, mi mente un caos de pensamientos y de emociones, un hombre que se estaba ahogando en su propia tormenta, en la que su ambición y su deseo chocaban con la realidad.
Me sentía atrapado en mi propia jaula, una jaula que yo mismo había construido, una en la que mi amor por mi esposa y mis hijos chocaba con la necesidad que sentía por Fabián, una necesidad que se había convertido en una obsesión. No podía negar que me gustaba él, que sentía una atracción por él que iba más allá de lo físico, una atracción que me hacía sentir una conexión profunda con él, una conexión que me asustaba. El eco de la invitación de Beatriz se repetía una y otra vez en mi mente, un recordatorio de que mi vida estaba a punto de cambiar de una manera irreversible, que el secreto que había guardado por tanto tiempo estaba a punto de ser expuesto. En ese momento, solo quería que el mundo se detuviera, que pudiera volver atrás y evitar que Beatriz llegara, para poder mantener mi vida en el mismo orden que yo siempre había querido. Pero ya era demasiado tarde, y yo me encontraba en medio del naufragio inminente de mi vida, un hombre que se había arriesgado a jugar con fuego y ahora estaba a punto de quemarse. El miedo a perder a mi esposa, a mis hijos, a mi vida, se había mezclado con el miedo a perder a Fabián, una contradicción que me estaba devorando por dentro, una que no podía evitar.
Mi mente era un campo de batalla, y en él, las imágenes de Beatriz y de Fabián luchaban por un lugar en mi corazón, una guerra que me estaba dejando sin aliento, una que no podía ganar. El recuerdo de su encuentro, de la forma en que habían congeniado, de la sonrisa de Beatriz, me hacía sentir una punzada de celos, una punzada que me hacía querer gritar, a salir corriendo de mi propia casa. El aroma de su perfume, una mezcla de jazmín y de cítricos, se había mezclado con el olor a sudor y a tierra que yo emanaba, una mezcla que me hacía sentir náuseas, una que me recordaba la traición que estaba a punto de cometer. El miedo a perder a mi esposa, a mis hijos, a mi vida, se había mezclado con el miedo a perder a Fabián, una contradicción que me estaba devorando por dentro, una que no podía evitar. Y en ese momento, me di cuenta de que mi vida, que siempre había sido un modelo de orden y de disciplina, se estaba convirtiendo en un caos, en un infierno.
— Estoy perdido. Completamente perdido.