Capítulo 6.

2115 Words
El silbato finalizó el entrenamiento, su eco agudo marcando una tregua en la sinfonía de disparos y órdenes. El sol, ahora en su cénit, golpeaba con una fuerza implacable, obligando a todos a buscar el refugio de las instalaciones. El pelotón se dispersó con el cansancio pintado en sus rostros, dejando tras de sí un campo de tiro silencioso y un aire cargado con el aroma persistente de la pólvora. Caminé junto a Fabián hacia el comedor principal, un edificio de hormigón vasto y funcional, manteniendo una distancia profesional entre nosotros que, sin embargo, se sentía cargada de una tensión invisible. El murmullo de nuestras botas sobre el asfalto caliente era el único sonido que rompía el silencio, cada paso un compás en la extraña y peligrosa melodía que había comenzado a componerse entre nosotros. A mi alrededor, el centro de adiestramiento naval bullía con la actividad del mediodía, un enjambre de hombres uniformados moviéndose con un propósito y una disciplina que yo mismo había ayudado a inculcar, y que ahora se sentía como el decorado de una obra en la que mi papel se volvía cada vez más confuso. La fachada de Coronel seguía en su sitio, pero por dentro, la fortaleza que Fabián había mencionado se sentía frágil, sus muros agrietados por la percepción de sus ojos verdes. El comedor era un espacio cavernoso y austero, diseñado para la eficiencia por encima de la comodidad. Largas mesas de metal se extendían en hileras perfectamente alineadas, y el aire olía a una mezcla de comida industrial, productos de limpieza y el sudor colectivo de cientos de hombres. El ruido era constante, un zumbido de conversaciones apagadas, el traqueteo de bandejas y el sonido metálico de los cubiertos contra el acero inoxidable. Nos unimos a la fila, un ritual diario de orden y disciplina, presentando nuestros boletos para recibir la ración del día: un guiso espeso, una porción de arroz y una pieza de pan. Era un sistema impersonal y equitativo que borraba las jerarquías, un lugar donde un coronel y un soldado comían lo mismo, sentados en las mismas mesas incómodas. Encontramos un lugar en una de las mesas centrales, el espacio a nuestro alrededor llenándose rápidamente de otros soldados. El ambiente público, la presencia de tantos ojos, me proporcionó una extraña sensación de seguridad, una barrera contra la intimidad que había resultado tan peligrosa en la ducha y tan reveladora en el campo de tiro. — Come bien, Rivas. La tarde será igual de exigente —le indiqué, mi tono volviendo a ser el del oficial al mando, un refugio seguro en la formalidad. — Siempre, Coronel. El combustible es esencial para el rendimiento —respondió él, su mirada seria, pero no pude evitar notar un fugaz destello de diversión en sus ojos, como si estuviera disfrutando de mi torpe intento de mantener las distancias. Estábamos a punto de empezar a comer cuando una sombra se cernió sobre nuestra mesa. Levanté la vista y me encontré con un hombre alto, de piel morena y una sonrisa deslumbrante que parecía iluminar su rostro. Tenía los hombros anchos, una mandíbula fuerte y unos ojos oscuros y vivaces que irradiaban una confianza y una alegría contagiosas. Su atractivo era innegable, una presencia magnética que atraía las miradas de forma natural. Se detuvo junto a Fabián y le dio un golpe amistoso en el hombro, una familiaridad que me resultó extrañamente irritante. — ¡Fabián! Sabía que te encontraría aquí. Me han dicho que has estado haciendo pedazos los récords en el campo de tiro. Deberías dejar algo para los demás mortales, ¿no crees? —su voz era un barítono cálido y resonante, lleno de una camaradería que me excluyó al instante. — Sebastián, siempre tan dramático. Solo sigo el entrenamiento. Alguien tiene que poner el listón alto —replicó Fabián, una sonrisa genuina y relajada extendiéndose por su rostro, una sonrisa que yo no había visto antes, y que me provocó una punzada inesperada en el pecho. — Claro, claro. “Solo sigo el entrenamiento” —le imitó Sebastián con una carcajada, antes de fijar su atención en mí. Su sonrisa no flaqueó, pero sus ojos me evaluaron con una curiosidad rápida e inteligente— No tenemos el placer. Soy el Teniente Sebastián Vargas. Fabián pareció darse cuenta de su falta de modales y su rostro se tiñó de un leve rubor. Se aclaró la garganta, su compostura profesional volviendo a su sitio. — Mis disculpas. Coronel, le presento al Teniente Vargas. Sebastián, él es el Coronel Diego Herrera. Estoy bajo su mando en la unidad de entrenamiento táctico. Me puse de pie, por pura formalidad, y estreché la mano que Sebastián me ofrecía. Su agarre era firme y seguro, a la altura de su apariencia. — Coronel. Es un honor. He oído hablar mucho de su trayectoria. Fabián no ha parado de… — El Teniente está exagerando —le interrumpió Fabián, lanzándole una mirada de advertencia que Sebastián ignoró por completo. — No ha parado de hablar de la charla que dio el otro día. “Una mente brillante”, “una perspectiva que va más allá del manual”. Casi me convence de que me aliste en su pelotón de novatos solo para escucharle —terminó Sebastián con una sonrisa pícara, sentándose junto a Fabián sin pedir permiso, su bandeja de comida apareciendo como por arte de magia. Me senté lentamente, procesando la información. Así que Fabián hablaba de mí con sus amigos. La idea me produjo una extraña mezcla de satisfacción y alarma. Pero verlos juntos, la forma en que sus cuerpos se inclinaban el uno hacia el otro de forma natural, la facilidad de su conversación, la historia compartida que se adivinaba en sus bromas, encendió algo oscuro y desconocido en mi interior. Era una sensación fría y constrictiva, un nudo en el estómago que no podía identificar, pero que me hacía sentir como un intruso en mi propia mesa. Observé cómo Sebastián le quitaba un trozo de pan de la bandeja a Fabián, un gesto de intimidad casual que me pareció una transgresión. — Entonces, Teniente Vargas, ¿cuál es su especialidad? —pregunté, mi voz más formal de lo necesario, un intento de reafirmar mi posición, de recordarle a ambos quién tenía el rango más alto en esa mesa. — Inteligencia naval, señor. Analizo datos, busco patrones. Algo parecido a lo que hace Fabián en el campo, pero yo lo hago con mapas y ordenadores en una habitación sin ventanas —respondió Sebastián con ligereza, sin dejarse intimidar por mi tono— Él es el hombre de acción, yo soy el de los números. Nos complementamos bastante bien. ¿Verdad, Fab? Fab. El apodo me golpeó como una pequeña piedra afilada. Era íntimo, personal. Yo era “Coronel”. Él era “Fab”. La distinción era clara, una línea invisible que me separaba de su mundo. — Nos conocemos desde la academia. Sobrevivimos juntos al infierno del primer año, y eso crea un vínculo —explicó Fabián, dirigiéndose a mí, como si sintiera la necesidad de justificar su amistad, como si hubiera percibido el cambio en la atmósfera. — Un vínculo, dice. Yo diría que le salvé la vida al menos tres veces. Una de ellas implicó una carrera nocturna no autorizada y la hija de un almirante, pero esa es una historia para otro día —bromeó Sebastián, guiñándole un ojo a Fabián, quien sacudió la cabeza, aunque una sonrisa tiraba de sus labios. La imagen mental que sus palabras evocaron —Fabián, más joven, metido en problemas, compartiendo secretos y riesgos con este hombre atractivo y seguro de sí mismo— me provocó una aversión que me sorprendió por su intensidad. No era celos. Me negué a llamarlo así. Era… una desaprobación profesional. Sí, eso era. La imprudencia en un entorno militar era inaceptable. Pero la sensación en mi pecho no era la de un coronel decepcionado; era la de un hombre que se sentía desplazado, ignorado. Cada risa compartida entre ellos, cada recuerdo evocado al que yo no tenía acceso, se sentía como un muro que crecía a mi alrededor, aislándome. Comí en silencio durante unos minutos, escuchando su charla, sintiéndome cada vez más invisible. — …y entonces le dije que si creía que podía ganar la carrera de obstáculos con esa técnica, estaba más loco que una cabra. Y, por supuesto, me demostró que estaba equivocado. Siempre lo hace —continuaba Sebastián, su admiración por Fabián era evidente y, por alguna razón, me resultaba profundamente irritante. — Te dejé ganar para que no lloraras, es diferente —replicó Fabián, el tono juguetón en su voz era uno que nunca había usado conmigo. — Su amistad parece… sólida —intervine, mi voz cortando su conversación, haciendo que ambos me miraran. La palabra “sólida” sonó hueca y formal en mis propios oídos. — Lo es, Coronel. Es mi hermano. En este mundo, necesitas a alguien que te cubra las espaldas, tanto dentro como fuera del campo de batalla —afirmó Sebastián, su expresión volviéndose seria por un instante, su lealtad a Fabián era tan clara como el agua. Luego, su sonrisa volvió— Además, alguien tiene que asegurarse de que no se meta en líos con coroneles de mirada intensa. El comentario me tomó por sorpresa, una flecha lanzada con una sonrisa que dio justo en el blanco. ¿Era tan obvia mi intensidad? ¿Mi interés en Fabián era tan palpable que un completo extraño podía notarlo en cuestión de minutos? Sentí que la sangre se me subía al rostro y me concentré en cortar un trozo de carne con una precisión innecesaria. — El Teniente Rivas es un soldado ejemplar. No tiene por qué meterse en líos —comenté, mi voz tensa. Llamarlo “Teniente Rivas” fue un acto deliberado, un intento de ponerlo en su lugar, de reclamar mi conexión profesional con él. Fabián pareció notar mi incomodidad. Dejó los cubiertos y se dirigió a Sebastián, su tono cambiando, volviéndose más serio. — Sebastián, el Coronel Herrera me está dando una oportunidad increíble. Estoy aprendiendo mucho. Agradecería que mostraras el debido respeto. — Tranquilo, Fabián. Solo estamos charlando. El Coronel parece un hombre que puede apreciar una buena broma —comentó Sebastián, aunque su mirada sobre mí era ahora más calculadora, menos despreocupada. El resto del almuerzo transcurrió en una tensión velada. Sebastián siguió hablando, pero con más cautela. Fabián permaneció mayormente en silencio, lanzándome miradas ocasionales que no pude descifrar. Por mi parte, me retiré a mi fortaleza interna, respondiendo con monosílabos, mi mente una maraña de emociones confusas y contradictorias. La presencia de Sebastián había complicado las cosas de una manera que no había anticipado. Había puesto de manifiesto la existencia de un Fabián que yo no conocía: un Fabián relajado, bromista, con una historia, con lazos profundos. Y esa revelación, en lugar de alejarme, había encendido en mí un deseo posesivo y oscuro de conocer todas sus facetas, de ser yo quien compartiera esos chistes, de ser yo a quien llamara “hermano”. Cuando finalmente terminamos de comer y nos levantamos para irnos, Sebastián se despidió con la misma facilidad con la que había llegado. — Un placer, Coronel. Fabián, nos vemos en el gimnasio esta noche. No te atrevas a dejarme plantado. Y con eso, se fue, desapareciendo entre la multitud. Me quedé de pie junto a Fabián, el ruido del comedor de repente ensordecedor. La sensación de alivio por su partida fue tan intensa que me desestabilizó. — Sebastián es… un buen hombre. Muy leal. A veces su sentido del humor es un poco… directo —se disculpó Fabián en voz baja, como si sintiera la necesidad de suavizar la impresión que su amigo había dejado. — No necesita disculparse por sus amigos, Teniente —le respondí, mi voz fría, mi mirada fija en la salida— Tenemos que volver al campo. La tarde será larga. Caminé delante de él, sin esperar respuesta, marcando el paso con una rigidez marcial. Pero mientras me alejaba, la imagen de la sonrisa de Sebastián y el sonido de su risa compartida con Fabián se repetían en mi mente. No era celos, me repetí a mí mismo una y otra vez. Era una simple reacción a la falta de disciplina, a una familiaridad inapropiada en un entorno profesional. Pero en el fondo de mi ser, en el lugar secreto donde la fortaleza del Coronel se desmoronaba, sabía que estaba mintiendo. Era algo nuevo, algo feo y posesivo, y tenía el rostro de Fabián. Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterrorizaba.
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