Capítulo 5.

1809 Words
El sol del mediodía caía a plomo sobre el campo de tiro, un polígono árido donde el aire vibraba con el calor que emanaba del suelo y el olor penetrante a pólvora quemada se mezclaba con el polvo en suspensión. Horas después del encuentro en las duchas, me había sumergido de lleno en mis responsabilidades, buscando refugio en la estructura y la precisión que exigía mi trabajo, un bálsamo para el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarme. Me encontraba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión impenetrable, observando a un nuevo pelotón de soldados que se preparaba para una sesión de entrenamiento de tiro y desplazamiento. El sonido ensordecedor de los disparos, una sinfonía de violencia controlada, era una música familiar que me permitía acallar el eco de las palabras de Fabián, de su audaz e inquietante comprensión. Mi mente, disciplinada por años de entrenamiento, se centraba exclusivamente en la tarea que tenía entre manos: evaluar la postura de cada soldado, la firmeza de su agarre, la cadencia de su respiración antes de apretar el gatillo. Sin embargo, bajo esa fachada de control absoluto, una corriente subterránea de ansiedad fluía sin cesar, la conciencia de que Fabián estaba en algún lugar de la base, un secreto viviente que compartíamos y que me hacía sentir peligrosamente expuesto. Justo cuando estaba a punto de dar inicio al ejercicio, una figura se acercó por mi flanco, moviéndose con una agilidad y una seguridad que captaron mi atención de inmediato. El Mayor Thompson, un hombre corpulento y de rostro enrojecido por el sol, caminaba a mi lado, y a su zaga, con una expresión serena y respetuosa, venía Fabián. Mi corazón dio un vuelco, una reacción involuntaria y traicionera que maldije en silencio, obligándome a mantener mi postura rígida, a no delatar la conmoción que me sacudía por dentro. El uniforme de combate parecía sentarle aún mejor que el de gala, la tela ajustándose a su cuerpo atlético de una manera que era a la vez profesional y sutilmente provocadora. Su cabello n***o azabache, ligeramente revuelto por la brisa, contrastaba con el verde olivo del uniforme, y sus ojos verdes, al encontrarse con los míos por un fugaz instante, mostraron un destello de reconocimiento antes de fijarse en un punto por encima de mi hombro con una disciplina impecable. Sentí una oleada de calor recorrer mi cuerpo, un recordatorio vívido de la mañana, y apreté la mandíbula, luchando por mantener la máscara de indiferencia. — Coronel, buenos días —saludó el Mayor Thompson, su vozarrón rompiendo mi concentración— Le traigo a su nuevo ayudante para esta unidad. El soldado Fabián Rivas. Ha obtenido las puntuaciones más altas en tiro y desplazamiento en toda su promoción. Es rápido, preciso y tiene una mente estratégica que me recuerda a usted en sus años mozos. He pensado que podría serle de gran utilidad para pulir a estos novatos. Las palabras del Mayor cayeron sobre mí como una sentencia, cada una de ellas forjando un eslabón más en la cadena que parecía unirme a Fabián de manera inexorable. Ayudante. La palabra resonó en mi cabeza, una broma cruel del destino que me obligaría a pasar horas a su lado, a trabajar codo con codo con el hombre que había visto mi vulnerabilidad más profunda. Por un instante, consideré negarme, inventar una excusa, pero eso solo levantaría sospechas y delataría la importancia que le estaba dando a la situación. Asentí con lentitud, mi rostro una máscara de piedra que no revelaba la tormenta que se desataba en mi interior. Fabián, por su parte, dio un paso al frente y me ofreció un saludo militar perfecto, su expresión seria y profesional, sin un atisbo de la intimidad compartida horas antes. Era como si el encuentro en las duchas nunca hubiera ocurrido, una alucinación febril producto de mi propia mente torturada. — Es un honor servir bajo sus órdenes, Coronel —declaró Fabián, su voz firme y desprovista de cualquier doble sentido, un marcado contraste con el tono susurrante y cómplice de la mañana. — Demuestre que las alabanzas del Mayor están justificadas, soldado. No me sirven de nada los récords en papel; quiero ver resultados en el campo —le respondí, mi tono gélido y distante, estableciendo una barrera infranqueable entre nosotros, una línea jerárquica que esperaba que no se atreviera a cruzar de nuevo. — Entendido, Coronel —replicó él, sin inmutarse por mi frialdad, su calma desarmándome una vez más. El entrenamiento comenzó, y me vi obligado a interactuar con él, a darle instrucciones, a coordinar nuestros movimientos mientras guiábamos al pelotón a través de una serie de ejercicios complejos. Se trataba de un simulacro de combate urbano, una coreografía letal de correr, cubrirse y disparar con precisión milimétrica. Y mientras observaba a Fabián en acción, una parte de mí, el militar, el estratega, no pudo evitar sentir una punzada de admiración. Se movía con una fluidez y una gracia que eran casi poéticas, su cuerpo atlético desplazándose entre los obstáculos con una economía de movimiento que revelaba años de práctica y una conciencia espacial asombrosa. Su puntería era impecable, cada disparo dando en el centro de la diana con una consistencia que rozaba lo inhumano. Pero no era solo su habilidad física lo que me impresionaba; era su mente, su capacidad para leer el campo de batalla, para anticipar los problemas y para comunicarse con los otros soldados de manera clara y concisa, infundiéndoles confianza con su propia calma. — Soldado Pérez, está exponiendo su flanco izquierdo cada vez que se asoma para disparar. Use el ángulo del muro a su favor. No se trata de velocidad, se trata de inteligencia —le corrigió Fabián a un recluta, su voz tranquila pero firme, logrando en segundos lo que a mí me habría costado un grito y una amenaza. Observé la interacción, notando cómo el joven soldado asentía, asimilando el consejo sin sentirse humillado, y luego lo aplicaba con éxito en el siguiente intento. Fabián poseía una empatía natural, una capacidad para conectar con los demás que le permitía liderar sin intimidar. Era brillante, no solo en su ejecución, sino en su comprensión de la psicología humana, un rasgo que yo mismo valoraba por encima de la fuerza bruta. Poco a poco, sin darme cuenta, la tensión en mis hombros comenzó a disiparse, reemplazada por una curiosidad genuina. Comencé a verlo no solo como Fabián, el hombre que me había visto desnudo y vulnerable, sino como Rivas, un soldado excepcionalmente competente, un activo valioso para mi unidad. — Rivas, tome la mitad del pelotón y diríjalos por el callejón oeste. Quiero ver una maniobra de pinza coordinada en el objetivo tres. Comuníquense por radio. Sincronicemos nuestros relojes —le ordené, probándolo, dándole una responsabilidad mayor. — Sí, Coronel —respondió él sin dudar, sus ojos verdes encontrándose con los míos, esta vez con un brillo de profesionalismo y entendimiento mutuo. Mientras observaba cómo organizaba a su equipo, cómo sus palabras, cortas y precisas, transformaban a un grupo de individuos nerviosos en una unidad cohesionada, algo nuevo comenzó a florecer en mi interior. Ya no era solo la atracción física, esa lujuria primitiva y vergonzosa que me había asaltado. Era algo más profundo, más peligroso. Era una tentación emocional. Me encontraba admirando su mente, su serenidad, su liderazgo innato. Me gustaba la forma en que pensaba, la forma en que resolvía los problemas con una lógica fría pero sin perder el toque humano. Era un buen chico, un hombre de principios, y esa constatación me golpeó con una fuerza inesperada, porque hacía que mi atracción por él fuera mucho más compleja y mucho más difícil de negar. No se trataba solo de un cuerpo; se trataba de un alma, de una mente que parecía resonar con la mía de una manera que nunca antes había experimentado. Durante una pausa para rehidratarse, el sol abrasador obligándonos a buscar la escasa sombra de un muro de contención, nos encontramos uno al lado del otro, bebiendo agua de nuestras cantimploras. El silencio entre nosotros era diferente ahora, menos tenso, cargado de un respeto no verbal que había nacido en el campo de tiro. — Hiciste un buen trabajo con el soldado Pérez. Reaccionó bien a tu corrección —comenté, rompiendo el silencio, mi voz más suave de lo que pretendía. — Solo le dije lo que necesitaba oír, de la forma en que podía oírlo. A veces, la autoridad no necesita gritar para ser efectiva —respondió él, mirando al horizonte, sus palabras reflejando una sabiduría que parecía ir más allá de sus treinta y cinco años. — Una lección que a muchos oficiales les cuesta toda una carrera aprender —admití, sintiendo cómo mis defensas se debilitaban con cada palabra que compartíamos— El Mayor tenía razón. Tienes una buena mente para esto. — Me gusta encontrar el patrón en el caos. Es como un rompecabezas. Y me apasiona ayudar a otros a ver las piezas también —confesó, girando la cabeza para mirarme. Había una honestidad en su mirada, una apertura que me invitaba a bajar la guardia. — ¿Y qué patrón ves en mí, Fabián? —pregunté, mi voz apenas un susurro, la pregunta escapándose de mis labios antes de que pudiera detenerla, el uso de su nombre de pila delatando el cambio en nuestra dinámica. Él sostuvo mi mirada por un largo momento, sus ojos verdes explorando mi rostro como si buscaran la respuesta en mis propias facciones. Una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios, una sonrisa que no era burlona ni arrogante, sino comprensiva. — Veo a un hombre que construyó una fortaleza a su alrededor para proteger algo muy valioso. Y que ahora tiene miedo de que alguien haya encontrado una grieta en el muro —respondió en voz baja, sus palabras dando en el blanco con la misma precisión que sus disparos. Me quedé sin aliento, su percepción tan aguda que me sentí completamente transparente ante él. No había juicio en su voz, solo una observación tranquila, una empatía que me envolvía y me hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente visto. La tentación emocional se intensificó, convirtiéndose en una necesidad creciente de hablar con él, de entender cómo podía leerme con tanta facilidad, de compartir un peso que no sabía que llevaba hasta que él lo señaló. Ya no se trataba solo de un deseo físico; se estaba convirtiendo en un anhelo del alma, una conexión que amenazaba con desmantelar no solo mi matrimonio, sino la propia definición de quién creía ser. La jornada de entrenamiento aún no había terminado, y yo ya sabía, con una certeza aterradora, que tener a Fabián como mi ayudante no sería una solución, sino el comienzo de una complicación mucho más profunda y devastadora.
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