Capitulo 1
Las gotas de lluvia caían con intensidad, golpeando la tierra con un ritmo ensordecedor que acompañaba la pesadez en el aire. Bajo un cielo denso y oscuro, la ciudad se extendía a lo lejos con sus luces titilando en la distancia, ofreciendo un contraste casi cruel con la escena: una multitud vestida de riguroso luto reunida en el cementerio para despedir a mi padre.
Amigos, empleados, vecinos y gente que jamás tuvo un trato directo con él habían venido desde lejos para rendirle homenaje. Para todos ellos, mi padre era una figura excepcional, un hombre noble cuya humanidad dejaba una huella imborrable. Las flores sobre su tumba empezaban a empaparse, y el murmullo de las oraciones se mezclaba con la tormenta en un ambiente de respetuosa solemnidad.
Sin embargo, el sacerdote continuaba su sermón sin saber que sus palabras no lograban atravesar la barrera de indiferencia que yo había levantado. Mi mente estaba en otro lugar, atrapada en la hipocresía que me rodeaba. Frente a mí, el llanto desgarrador de mi madre llenaba el aire con una falsedad que me revolvía las entrañas: ahí estaba, con el rostro empapado en lágrimas, llorando desconsolada por el hombre al que hizo miserable durante años. Mi único deseo era salir corriendo de ese lugar.
Si no me iba, era únicamente por Johann.
Su silueta se distinguía claramente entre la multitud, erguido con una dignidad rota, observando la tumba. Sus ojos, normalmente cálidos, estaban apagados por un dolor que apenas lograba contener. Dejarlo solo en medio de esta tormenta habría sido una traición imperdonable. Pero la situación se complicaba aún más con Fátima cerca; ella había cesado su llanto y me observaba con su habitual mirada inquisitiva, juzgando en silencio cada uno de mis movimientos.
El sacerdote, ajeno al torbellino emocional que me consumía, se acercó al final del ritual. Su voz grave retumbó por encima de la lluvia al recitar las palabras de cierre:
—...Y dale, Señor, el descanso eterno, y brille para él la luz perpetua...
Esas palabras cayeron sobre mí como una bofetada al absurdo. Algo en la pomposidad del momento rompió mi último filtro y, antes de poder contenerlo, solté una carcajada.
No fue una risa discreta. Fue una risa abierta y potente que resuenó en todo el cementerio, acallando el murmullo del agua. Las oraciones se detuvieron en seco. Las miradas de sorpresa e indignación se clavaron en mí de inmediato, pero ninguna con la intensidad de la de Fátima, que me observaba como si hubiera profanado la memoria de mi padre.
No pude evitarlo. ¿Cómo no reírme cuando todo esto parecía una obra de teatro barata? Mientras todos veían en mi padre a un santo digno de canonización, yo no podía borrar la verdad. Si tan solo supieran quién era realmente, no estarían aquí llorando: estarían encerrados en sus casas, sellando puertas y ventanas para intentar borrar cualquier rastro de su existencia. Pero no iba a ser yo quien les arruinara la función. Que siguieran con su show. Yo prefería observar y esperar lo que el futuro le traería a esta ciudad.
Aprovechando el silencio incómodo que siguió a mi risa, decidí romper el aire una vez más:
—¿Cómo está tan seguro de eso, padre? —alcé la voz para que todos me escucharan—. ¿Ha considerado que quizás no esté en el cielo? ¿O es que viene usted de allá arriba y puede confirmarlo? ¿Tal vez lo vio volar con alitas y todo, eh?
El impacto fue inmediato. Hubo un ahogo colectivo entre los asistentes; nadie sabía cómo reaccionar. El sacerdote jesuita quedó inmóvil, con el rostro rígido, optando por bajar la cabeza hacia su misal para fingir que no me escuchaba. A su lado, la torpeza se apoderó de sus asistentes: uno de ellos tropezó con el incensario y derramó el agua bendita sobre un monaguillo, quien al intentar limpiarse casi quema el paño de su compañero con las brasas.
La escena se convirtió en un auténtico desastre, y en medio de ese caos, escuché una risa contenida a mi lado. Era Johann, riéndose por lo bajo. Ver esa pequeña sonrisa en su rostro hizo que todo el escándalo valiera la pena, porque al final del día, entre tantas mentiras y caras falsas, él era lo único que realmente me importaba.