—El brazalete es lo único que mantiene a los demonios fuera de tu cuerpo —dijo Alastor con una calma que contrastaba brutalmente con el vértigo que aún sentía en el pecho—. Así que cuando empezaste a tocarlo, lo estabas volviendo loco. Por eso las cosas se descontrolaron para ti. Por suerte estás bien... y la bruja pudo ayudarte. Su voz era como un hilo de agua que se deslizaba entre las piedras de un manantial en medio de una tormenta. Suave, constante, casi hipnótica. Me aferré a ese tono como quien se aferra a una cuerda en medio de un naufragio. —¿Ella está bien? —pregunté, sintiendo una punzada de culpa que me atravesó el estómago. —Bueno... eso depende —respondió él, sin levantar la vista del libro que tenía entre manos—. Tuvo que hacer un esfuerzo grande para poder llevarte. Por

