La respuesta no llegó de inmediato. Se hizo un silencio espeso, como si el aire mismo contuviera la respiración. Él permaneció inmóvil, con la mirada clavada en algún punto invisible entre nosotros, como si estuviera reuniendo fragmentos de memoria dispersos en el tiempo. Finalmente, tras unos segundos que se sintieron como un eco detenido, habló. No hubo titubeo en su voz, aunque sí una sombra de algo más profundo: resignación, tal vez. O una tristeza antigua que no se nombra. —Para poder explicarte exactamente qué fue todo eso —dijo con una cadencia pausada, como si cada palabra pesara más de lo que parecía— tengo que confesarte algo que no suelo decir. No siempre fui una criatura de la noche. Alguna vez... fui humano. Su declaración no me sorprendió del todo. Había algo en él, en la f

