Capítulo 2

505 Words
La lluvia torrencial cedió espacio a una llovizna fina y persistente. Una a una, las personas desfilaron ante la tumba dejando tulipanes, fotografías y notas de despedida. Para la ciudad, aquellos objetos eran testimonios de gratitud hacia un gran hombre. Para Johann y para mí, observando desde la distancia, no eran más que la prueba del éxito de su mentira. Esperamos en silencio hasta que el último asistente abandonó el cementerio. Finalmente, quedamos solo nosotros tres: Johann, Fátima y yo. Nos acercamos a la sepultura recién cubierta. La furia me apretó el pecho en cuanto leí la inscripción grabada en la piedra: En memoria de: Christopher Black 11/8/63 - 6/6/26 —¡Carajo! —exclamé, apretando los puños—. Les pedí explícitamente que colocaran su nombre completo: Anton Christopher August Johann Ludwig Black Tieck. Solo pusieron su segundo nombre y apellido. ¡Es que Fátima es...! —No te alteres, querida —interrumpió Johann con voz serena. Se quitó la chaqueta y la colocó sobre mis hombros para resguardarme del frío—. Tu padre estará bien así. Sé que Fátima no debió entrometerse cuando él te pidió en el hospital que te encargaras de todo, pero ya conoces cómo es. La frialdad de Fátima se sentía a pocos metros de distancia, pero la calidez de Johann logró aplacar mi enojo. —Lo importante es que la semana de luto terminó —continuó, mirándome con fijeza—. Aunque no esté su nombre completo, lo recordaremos por lo que realmente fue... y por lo que significaba para nosotros. Le dediqué una leve sonrisa, buscando en su rostro la calma que solo él sabía transmitirme. —Tienes razón —suspiré—. Vámonos de aquí, ya no queda nada que hacer. Johann me extendió la mano y la tomé. Su agarre firme y delicado provocó un nudo en mi garganta. La muerte de mi padre nos había tomado por sorpresa en el momento más crítico: justo cuando apenas estábamos aprendiendo sus "trucos", esa faceta oculta que guardó con celo durante años. Prometió enseñarnos lo que llamaba «el llamado», pero la muerte se lo llevó antes de revelar su verdadera esencia. Nos dejó a oscuras, rodeados de preguntas sin respuesta. Caminamos despacio hacia la salida. A lo lejos, el viejo sepulturero nos despidió con un gesto enérgico de la mano, un extraño destello de vitalidad en medio de tanta penumbra. Mientras nos alejábamos del cementerio, Johann entrelazó sus dedos con los míos. El gesto creó un refugio silencioso entre los dos. El cielo comenzaba a despejarse en tonos naranjas y púrpuras sobre el horizonte, pero mi mente no podía alejarse del misterio que mi padre había dejado inconcluso. Sentí la calidez de Johann caminando pegado a mí. No necesitaba decir nada; su compañía era lo único que me mantenía en pie. Él también estaba lidiando con la pérdida, pero su fortaleza sostenía la mía. No sabíamos qué nos depararía el futuro ni qué significaba el llamado, pero entendí que tendríamos que descubrirlo juntos.
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