—Abuela… de verdad, lamento lo que ocurrió. No sé… no sé qué fue lo que me pasó exactamente. Ella no responde de inmediato. Se limita a retirar con lentitud sus lentes, ese gesto pausado que precede a una observación punzante. Su mirada fija, sin titubeos, me perfora. Como si intentara ver más allá de las palabras. —No quiero escuchar excusas —dice finalmente, con voz seca, templada por años de decepciones que jamás pidió—. Se nota que lo heredaste de la familia de tu madre. ¡De mi hijo jamás habrías aprendido... eso! Sus palabras me golpean más fuerte de lo que esperaba. Siento que algo dentro de mí se encoge, como si esa frase la hubiera arrancado de un cajón lleno de resentimientos viejos. La herida familiar, ese lazo roto que nunca terminó de soldarse entre mamá y ella, se cuela en

