Los segundos se deshacen en silencio, como si el tiempo tuviera miedo de avanzar. Yo sigo con la mirada clavada en el techo, el mentón elevado apenas para evitar hacer contacto visual con ella. Los dedos se apartan de mis oídos poco a poco, pero los pensamientos siguen gritando dentro. Estoy esperando el desastre. El estallido. La condena verbal que viene desde generaciones atrás. Sé que lo arruiné todo. Sé que mi abuela me va a decir de maldita hacia arriba y de odiota hacia abajo, usando cada palabra como una piedra lanzada con precisión ancestral. -Dakota... ¿Dakota? ¡Dakota! ¡DAKOTA! -grita la voz que me conoce incluso antes de que yo misma supiera quién era. Cada llamado retumba dentro de mi pecho. Siento que mi alma se estremece, cada vez más pequeña, como si sus palabras me dester

