Si mi abuela llegara a escuchar la voz de Alastor, aunque fuera apenas un susurro filtrado entre las paredes de esta casa vieja, estoy segura de que no dudaría ni un segundo en salir de su retiro autoimpuesto, ese exilio voluntario que ella misma construyó tras años de lidiar con fuerzas que nadie más quiso nombrar. Saldría con la misma determinación con la que solía encender las velas negras en el sótano, con el mismo gesto severo que usaba para trazar símbolos en el aire, y con la misma mirada que me ha hecho temblar en las últimas horas. Saldría para capturarlo otra vez, para encerrarlo en uno de sus frascos de vidrio grueso, sellado con cera y palabras que ya nadie recuerda cómo pronunciar. Y luego, como si el acto de contener a Alastor no fuera suficiente, me castigaría a mí. No por i

