Me quedé petrificado, con la mirada clavada en aquella figura que se deshacía en la esquina de la habitación. El frío era tan intenso que sentía pinchazos en la piel, pero justo cuando el aire parecía volverse irrespirable, un leve quejido rompió el hechizo. La abuela Carmen comenzó a removerse entre las sábanas, soltando un suspiro largo que terminó en un bostezo forzado. —¿Hija? ¿Eres tú? —su voz sonó ronca, cargada de la confusión propia de quien es arrancado del sueño profundo. En el instante en que ella abrió los ojos y buscó sus gafas en la mesa de noche, la silueta oscura de la esquina se retrajo, fundiéndose con las sombras naturales del armario hasta volverse invisible a simple vista. El frío, sin embargo, permaneció allí como un rastro invisible. —Abuela... yo... —mi voz se qu

