Lo único que sentí que podía hacer fue abrazarlo. No había pensamientos claros, ni lógica ni razones. Solo el impulso, profundo y visceral, de acercarme a él y tomarlo entre mis brazos, como si pudiera con ese gesto envolver el dolor que aún respiraba en su mirada. Y así lo hice. Me aferré a su cuerpo frío, endurecido todavía en parte por la piedra que lo había contenido durante tanto tiempo. Su torso rígido al principio, como una columna de mármol puro, comenzó a ceder bajo el calor de mi contacto. Lentamente, como si cada segundo derritiera siglos de encierro, su piel fue abandonando el tacto inerte del mineral. Su textura se transformó bajo mis dedos: dejó de ser piedra, dejó de ser estatua. Se volvió tibia. Flexible. Humana. Como la suave piel de un recién nacido, sensible y frágil.

