Me crucé de brazos, con los músculos tensos por la ansiedad contenida, y por fin lo enfrenté con la mirada. Sus ojos, cristalinos y brillantes, parecían buscar desesperadamente una salida entre las sombras de la habitación, como si la respuesta pudiera materializarse en alguna esquina olvidada de las paredes oxidadas. La tenue luz azulada de la luna reflejada en el agua, pintaba su rostro con reflejos fríos que le conferían un aire más espectral que humano. La idea de liberarlo me carcomía por dentro como una gota persistente en la roca. Había algo profundamente atractivo, casi adictivo, en la incertidumbre de lo que ocurriría si simplemente desactivara el protocolo que mi abuela me había indicado y lo que aún faltaría solo para darle rienda suelta. Parte de mí anhelaba verlo actuar sin r

