No importaba cuántas veces la llamara, ni cuántos mensajes enviara. Dakota no contestaba. Azaquiel probó por w******p, por llamada directa, por correo, incluso por esa vieja app que solían usar cuando ella estaba en el internado. Nada. Todo en silencio. Cada intento sin respuesta era como una gota de hielo directo al centro del pecho. Mi mente ya no obedecía. Se había convertido en un carrusel de imágenes terribles, escenarios deformes y crueles donde Dakota yacía perdida, herida, sola... o peor. Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas sin permiso, calientes y silenciosas, como si mi cuerpo intentara vaciar el dolor que mi alma ya no podía contener. Entonces lo vi. Azaquiel se enderezó bruscamente, casi como si una corriente eléctrica le hubiera pasado por el cuerpo. Sus ojo

