Ella me había hecho una petición casi interminable: veladoras negras, un perfume específico que ya no se conseguía fácilmente, platos antiguos, cristales transparentes, y otros elementos que parecían formar parte de un ritual que superaba el entendimiento ordinario. No era una simple lista de cosas: cada objeto parecía tener un propósito oculto, un valor simbólico que se entretejía en los hilos de un destino que apenas empezaba a revelarse. Su mirada era firme, pero sus ojos tenían una sombra que no había visto antes. Era como si supiera que no todo saldría bien, como si anticipara el sacrificio sin decirlo en voz alta. -Ve al patio. Hay un clóset pequeño pegado a la pared del fondo. Ahí encontrarás todo lo que necesitas -me dijo, sin titubear, como si lo hubiera dicho cien veces antes.

