Me acerco aún más al escritorio con pasos lentos, casi ceremoniales, como si cada movimiento pudiera alterar el equilibrio de algo invisible. El aire está denso, cargado de una electricidad que no proviene de ningún aparato, sino de una presencia. Una vibración que se instala en la piel, en los huesos, en el espacio entre los pensamientos. Justo cuando estoy a punto de tocar el morral, lo escucho. Alastor murmura. No sé qué dice. No sé si son palabras o sonidos que imitan el lenguaje. Pero hay una intención de antemano. Hay ritmo. Hay algo que se arrastra entre las sílabas como una serpiente que conoce el camino. Me detengo. No quiero acercarme más. Hay algo en mí que se resiste, que se contrae, como si supiera que un paso más podría desencadenar algo que no estoy lista para enfrentar de

