Él se separó de mí con cautela, como si supiera que un solo gesto torpe podía hacer colapsar ese hilo invisible que aún nos sostenía de pie. Juntos, atravesamos en silencio la caminería del jardín, rodeados de la brisa tibia del atardecer y del aroma persistente a tierra húmeda y flores en maduración. El cielo, con el sol apenas levantandose, parecía observarnos. Al entrar a la casa, la quietud nos recibió con su aliento denso, como si los muros fueran testigos expectantes de lo que estaba por venir. Azaquiel fue directo por su morral de emergencia, ya sabía dónde estaba, qué debía llevar, cómo cargarlo. Yo me desvié hacia la planta baja, hasta mi habitación. Pasé por la biblioteca central, ese corazón de madera y polvo que parecía latir con recuerdos que no se atrevían a hablar. Todo al

