La palabra sale sola, como un susurro incrédulo, quebrado por la emoción. Lo primero que pienso es que mi mente me está jugando una mala pasada, que estoy proyectando un recuerdo sobre una forma ambigua. Pero cuanto más la observo, más evidente se vuelve: esta estatua tiene el rostro de mi madre. Sus facciones están perfectamente talladas-la curva suave de sus mejillas, el contorno exacto de sus labios, incluso el leve ceño que frunce cuando algo le preocupa. Es ella. O al menos, es la imagen exacta que guarda mi memoria. Tengo que apartar la mirada por un momento, como si el solo acto de contemplarla despertara algo demasiado profundo, demasiado doloroso para mi. Al volver a mirar, espero ver que todo fue un error. Que no era ella, que era una coincidencia. Pero no. Sigue ahí. Inmóvil. S

