Al intentar levantarme de la cama siento como el cansancio me pesa en los párpados como si el día entero se hubiera acumulado en cada pestaña y lo que dormí no hubiera sido suficiente. El lugar es austero, sin ornamentos ni caricias visuales, pero hay algo en su silencio, en su desnudez, que me reconforta. No necesito lujos ahora. Lo único que deseo, con todo lo que soy, es un momento de paz. Y aquí, entre estas sábanas limpias y este colchón modesto, parece que puedo encontrarlo. Cierro los ojos y trato de despejar la mente, como si ese gesto mecánico pudiera barrer con los pensamientos que no me dan tregua. Pero no es tan simple. Las imágenes de Johann, atrapado, vulnerable, se repiten una y otra vez como si alguien hubiera puesto mi alma en bucle. Alastor, con esa mirada arrogante que

