Con una sonrisa que mezcla alegría y algo más -una nostalgia que no se atreve a decir su nombre-, abuela me arrebata el celular de las manos. Lo hace con ese gesto suyo que parece ligero pero tiene peso, como si supiera que está tomando algo más que un objeto. Lo acerca a su oído y saluda a mamá con una voz que no le había escuchado en años. Escucho otra vez esa voz que parece venir de otro tiempo, de otro cuerpo, de otra historia. -Deja que hablen por un rato -escucho como me hablan-. Recuerda que tienen tiempo incomunicadas. Desde mucho antes que nacieras se pelearon... y desde entonces no saben nada una de la otra. Su tono no es triste. Es firme. Como si estuviera nombrando una verdad que ya no le duele, pero que aún pesa. Me quedo observándola, sintiendo que algo se ha abierto entre

