-No me recuerdes lo de Dakota... eso ya de por sí me tiene mortificada -susurré, sin poder evitar que la voz me temblara, como si cada palabra se disolviera apenas salía de mis labios. Sentí cómo el corazón se me estrujaba dentro del pecho, como si una mano invisible lo apretara con intención cruel. No quería llorar. No otra vez. No frente a mi hijo, que ahora solo me tenía a mí. Me obligué a contener las lágrimas, a tragar el nudo que subía por mi garganta como espinas. -Vamos a prepararnos -dije, estirando la mano hacia él con la mejor sonrisa rota que pude improvisar. Pero Azaquiel no se movió. Apenas retrocedió un poco, sin brusquedad, quedándose en el columpio, inmóvil, como si su cuerpecito ya hubiese echado raíces en la madera. La mirada que me dirigió me desgarró aún más. -No d

