Durante el último tramo del viaje, noté cómo la mirada de Azaquiel, aunque atenta a mis palabras, volvía una y otra vez a la pantalla de su teléfono. Revisaba las llamadas perdidas, abría la aplicación de mensajería, volvía a intentarlo. El tono de frustración en sus ojos era cada vez más evidente, pero aún contenía la compostura. Lo hacía por mí, lo sé. Por no quebrarme más de lo que ya estaba. Trataba de convencernos -y convencerse- de que había muchas razones por las cuales Dakota no contestaba: tal vez todavía buscaba a su abuela, tal vez estaba ayudando con los heridos, o quizás su teléfono se había dañado entre los cristales rotos del bus. Todas eran hipótesis razonables... pero ninguna calmaba el aguijón de la duda. Cuando por fin descendimos del taxi, lo primero que sentí fue el

