Desde que nos enteramos que somos abuela y nieta, algo se quebró entre nosotras. No fue inmediato, no fue un estallido, sino una fractura silenciosa, como esas grietas que se forman en las paredes antiguas y que al principio parecen decorativas, pero con el tiempo revelan que la estructura está cediendo. Antes de esa revelación, su trato conmigo era cálido, casi maternal, como si en su abrazo se escondiera una ternura que había estado esperando años para manifestarse. Me rescató de la calle después del accidente en el bus, cuando el mundo parecía haberse volcado sobre mí con toda su violencia, cuando cada ruido me hacía temblar y cada rostro me parecía ajeno. Yo estaba rota, desorientada, con los ojos llenos de lágrimas que no sabía si debía dejar caer. Y ella apareció. Me acogió sin pregu

