James finalmente encontró su voz, aunque salió débil, temblorosa, cargada con culpa que había estado royendo sus entrañas desde el momento en que había mezclado esas pastillas en la bebida de su madre: —Yo... yo lo hice porque... —tragó saliva con dificultad, con su garganta súbitamente seca—. Porque sabía que no me iba a dejar ir. Mi madre nunca me habría dejado venir contigo. Tú lo sabes, Fátima. La conoces. Sabes cómo es ella. Se levantó lentamente de la cama, con movimientos cautelosos como si estuviera acercándose a animal salvaje que podría atacar en cualquier momento. Sus piernas temblaban ligeramente, no solo por la fiebre residual sino por el miedo genuino que sentía ante la furia de Fátima: —Sí, sí lo hice —admitió finalmente, con su voz quebrándose en la última palabra—. Sí d

