Fátima lo miraba con expresión compleja que mezclaba dolor, culpa, rabia y algo más profundo que no quería analizar. Las lágrimas seguían corriendo por su propio rostro, pero había permanecido en silencio durante toda su súplica, procesando cada palabra. Y James, viendo que ella no respondía, viendo esa expresión en su rostro que sugería que su mente ya estaba decidida, sintió pánico absoluto instalándose en su pecho como hielo: —Por favor —rogó, con su voz quebrándose en cada sílaba—. Por favor, no tires todo a la basura. No tires nuestra boda. No tires los ocho meses que hemos estado juntos. Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad: —Ocho meses, Fátima. Ocho meses de construir algo juntos. De planear nuestro futuro. De hablar sobre niños y casas y crecer viejos juntos. ¿Vas a t

