Sus ojos se humedecieron ligeramente con la intensidad de su deseo maternal de ver a su hermano feliz, el amor fraternal brillando en cada palabra. Salomón la miró con ternura que reservaba solo para ella, apartando un mechón de cabello de su rostro con gesto que había repetido miles de veces durante sus años juntos: —Bueno, conejita —dijo con voz más suave, casi un susurro ronco—, a veces el destino tiene sus propios planes. A lo mejor… por ahí puede que aparezca un genio de la lámpara o... un "Hado padrino" Y con movimiento deliberado y lento, comenzó a penetrarla, hundiéndose en su calor con devoción que no había disminuido con los años. —Aaah —gimió Nina, arqueando su espalda, sus manos aferrándose a los hombros anchos de Salomón. Comenzó a embestirla con ritmo constante, profundo

