Emir sin saber que Fátima ya lo habia divisado desde lejos, caminaba por el jardín iluminado, con cada paso resonando en su mente como cuenta regresiva. Marissa iba a su lado, hablando animadamente sobre algo que él no estaba procesando. Su voz era ruido de fondo, como estática de radio mal sintonizada. «Ella no es nadie» —se repetía mentalmente, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sus dientes comenzaron a doler—. «Es tu pasado. Supérala. Ya no eres un niño.» Como para reforzar ese pensamiento, como para crear una barrera física entre él y la tentación que sabía que estaba en algún lugar de ese jardín, tomó la mano de Marissa. La apretó más fuerte de lo necesario, con sus dedos entrelazándose con los de ella en un agarre que bordeaba lo doloroso. Marissa lo miró sorprendida, con

