Fátima sintió cómo algo en ella se quebraba ante esa declaración arrogante, ante la forma en que la estaba tocando como si le perteneciera, como si tuviera derecho a desarmarla así. Levantó su mano y le cruzó la cara con cachetada que resonó en el espacio confinado. El sonido fue brutal, final. —Tú para mí no eres nadie —declaró con voz que temblaba con rabia y algo más oscuro—. ¿Me entendiste? Nadie. Pero incluso mientras pronunciaba esas palabras, sintió cómo Emir presionaba sus dedos directamente sobre su clítoris con presión aumentada que hizo que su boca se abriera en jadeo involuntario. Su cuerpo se arqueó hacia adelante, traicionándola completamente. —Yo pienso que el tal marquesito no te moja como lo hago yo —dijo Emir con voz oscura, ignorando completamente la cachetada como s

