—Sí, como escuchaste —dijo Emir, con su voz saliendo más ronca de lo normal, cargada con el peso de la confesión que había estado conteniendo durante horas—. Me acosté con Fátima hoy. Tuvimos sexo en el desierto. —Pe-pero cómo va... a ser posible —Samir levantó las manos con su ceño fruncido en shock absoluto, con sus ojos verdes agrandándose detrás de sus gafas de montura dorada. No lo podía creer. Literalmente no podía procesar lo que acababa de escuchar. Sacudió la cabeza con vigor, como si ese movimiento físico pudiera reorganizar las palabras en algo que tuviera más sentido: —¿Tuviste sexo con Fátima? ¿En el desierto? —Sí —confirmó Emir con voz plana, con sus ojos fijos en el parabrisas porque no podía mirarlo directamente mientras admitía esto. Samir lo seguía mirando con el ceñ

