Fátima observó la escena desarrollarse como en cámara lenta. Sus ojos cafés se agrandaron ligeramente, y sintió cómo la irritación que había estado conteniendo comenzaba a hervir bajo su piel como lava. Apretó su mandíbula con tanta fuerza que sus dientes rechinaron audiblemente. Contó mentalmente hasta cinco, intentando mantener la calma, antes de hablar con una voz que intentaba sonar casual pero que salió tensa: —Amor... no pongas el chocolate ahí. Se puede regar. James, con esa despreocupación aristocrática de alguien que nunca ha tenido que preocuparse realmente por las consecuencias de sus acciones, simplemente recogió el vaso. Pero en el proceso de hacerlo, su trasero se hundió más en la silla, aplastando completamente uno de los planos más importantes que Fátima había estado rev

