James seguía de rodillas frente a Fátima, y su llanto se intensificaba con cada segundo que pasaba. Las lágrimas brotaban de sus ojos azules con fuerza que parecía inagotable, rodando por sus mejillas enrojecidas, goteando desde su mandíbula hasta el piso de mármol. Sus hombros se sacudían con sollozos que sonaban completamente descontrolados, genuinos de maneras que hacían que algo en el pecho de Fátima se contraía involuntariamente a pesar de su furia. Su rostro estaba contorsionado en máscara de agonía pura, con cada músculo tensado en expresión de dolor que era imposible fingir completamente. —Por favor —rogó con voz quebrada que salía entrecortada entre sollozos—. Te ruego que me perdones. Hice lo que hice por ti, Fátima. Solo por ti. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano

