Samir conducía con una tranquilidad pero toda su atención estaba enfocada en la pequeña criatura acurrucada en el asiento del copiloto. El gatito descansaba en una caja transportadora transparente que la veterinaria le había proporcionado, con pequeños orificios para ventilación. Sus ojitos verdes, tan similares a los del propio Samir que la comparación era casi cómica, lo miraban con esa expresión de confianza absoluta que solo los animales pueden tener. Su patita vendada estaba estirada en posición que debía ser cómoda, y ocasionalmente soltaba pequeños maullidos que eran más como suspiros contentos. —Te va a gustar mi casa —dijo Samir en voz alta, con tono que era sorprendentemente suave, casi paternal, muy diferente de la voz autoritaria que usaba en la corte o con sus subordinados

