Todavía llevaba la bata de seda que él le había dado, con su cabello despeinado cayendo sobre sus hombros, con su brazo en cabestrillo descansando contra su pecho. La imagen que presentaba era vulnerabilidad absoluta, haciendo que algo protector se encendiera en el pecho de Samir. Amal levantó la vista cuando escuchó la puerta abrirse, y su expresión se transformó inmediatamente de concentración en telenovela a sorpresa genuina cuando vio quién estaba parado ahí: —¡Señora Nina, pequeña Salma! —exclamó con voz que era deleite mezclado con vergüenza súbita de ser encontrada en estado tan informal. Su mano buena se movió automáticamente para tratar de arreglar su cabello, de hacer que luciera más presentable: —No esperaba... no sabía que vendrían. Nina entró a la habitación con gracia na

