Hizo una pausa, con sus ojos clavándose en los de ella con devoción que robó su respiración: —Te amo, bruja —declaró con voz que vibró con verdad absoluta—. Termina con ese hombre de pacotilla. Termina con él y regresa a mí donde siempre has pertenecido. Fátima sintió cómo sonrisa tocaba sus labios ante ese apodo que había sido tanto insulto como término de cariño durante años. Sus propios dedos se movieron para cubrir la mano de él que sostenía su rostro: —También te amo —respondió con voz que fue confesión suave—. Termina... con la barbie de silicón. Emir rió ante ese apodo igualmente cruel, con sonido que fue diversión genuina. Sus dedos se apretaron brevemente contra su mentón antes de jalarla hacia otro beso, este más corto pero no menos intenso: —Qué celosa —murmuró contra sus l

