La frase se repite en mi mente como un tambor, como un mantra. Late, golpea, insiste. Es una certeza. Tal vez la única certeza que me queda. ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Qué es esta vida que construí, esta tela de araña que tejí con mis propias manos? Fui devorada por mi propio deseo. Me dejé arrastrar por la lujuria, por la embriaguez de ser deseada. Pero ahora todo me pesa. Los recuerdos, los gestos, los nombres, los susurros en los pasillos, los gemidos ahogados que quedaron flotando entre las paredes de esta casa. Sabía que si perdía el control, iba a ser imposible recuperarlo. Sabía que una vez que mi cuerpo sintiera el placer de la corrupción, no podría dejar de sucumbir ante ella. Sabía que mi marido volvería en algún momento, a ocupar el lugar que le correspondía. Y ahora acá estoy,

