ANA No lo soporto. Por un instante me permito cerrar los ojos y fingir que no voy en el asiento delantero junto a Kabil Watson. Pero la voz aguda de Caroll, tarareando una canción estúpida que suena en la radio, me arranca de ese espejismo. Me molesta que ella esté tan alegre. Me molesta que él maneje como si nada, como si no fuera una bomba de tiempo con los ojos maníacos. —¿Puedes dejar de cantar? —le pido sin mirarla. —Ay, Ana, ¿por qué tan amargada? —ríe Caroll, dando una palmada al respaldo de mi asiento—. A Kabil no le molesta. Miro de soslayo al idiota, va al volante con esa expresión que parece esculpida por el mismísimo demonio del sarcasmo. Callado. Pero atento. Siempre lo está. Miro por la ventanilla, fingiendo indiferencia, aunque en realidad no puedo evitar observar cómo

