ANA
Salgo al campo, el único sitio en el que pudieran estar. El sol me golpea en el rostro y las risas me perforan los oídos antes de verlas.
Ahí están. Selene. Marcela. Las demás. Riendo, coqueteando con los jugadores del equipo de fútbol que entrenan a unos metros. Selene, siempre al frente, está mostrando unos pasos mientras las otras la observan como si fuera alguna especie de líder.
—¿Qué hacen aquí? —espeto con el ceño fruncido, sin ocultar mi molestia.
Todas se giran hacia mí. Algunas bajan la mirada. Otras sonríen con malicia.
—La práctica es en el gimnasio. ¿O acaso olvidaron que yo soy la capitana?
—¿Capitana? —ríe una de las chicas, la más baja, con voz chillona—. ¿Y por qué tendríamos que seguir órdenes de una puta?
La carcajada general me golpea como una cachetada. Mis mejillas arden. Selene da un paso hacia mí, con una sonrisa venenosa dibujada en el rostro.
—Todas votamos y decidimos que ya no eres bienvenida en el equipo.
Me acerco. Me planto frente a ella, estoy rabiosa, pero mi voz es firme, legal, autoritaria.
—Reagan me eligió como capitana antes de irse. Y no me interesa una votación entre perras malagradecidas.
Selene alza una ceja.
—¿Así es como una capitana le habla a su escuadrilla?
Todas ríen, las que aún me respetan comienzan a recoger sus cosas para venir conmigo.
—No puede ser capitana una puta —repite, saboreando la palabra como si la disfrutara—. Das mala vista a nuestro equipo, ¿cómo crees que se sentirían los chicos si tú les das apoyo? Serían la burla del equipo contrario.
No pienso escuchar más idioteces. Le doy una bofetada, el golpe resuena tan fuerte, que es satisfactorio. Selene grita, rabiosa, y va a lanzarse sobre mí cuando Marcela se interpone. Su expresión es tensa, incómoda.
—¡Basta, Selene! Ana sigue siendo la capitana. Lo sabes.
El silencio se impone. Las risas mueren. Todas se miran entre sí.
—Sea lo que sea… —Marcela respira hondo—. Ana es buena en lo que hace. Muy buena. Y Reagan confió en ella. Eso debería significar algo.
Selene no parece afectada. Al contrario, sonríe con más fuerza, más venenosa, más triunfante. Gritando a todo pulmón para ser escuchada por todos.
—¿Y por qué confiar en una loca encerrada en un psiquiátrico? ¿Y ahora en una puta?
Mira a todas.
—Chicas, esta es nuestra escuadrilla, no podemos dejar que por culpa de una, nos tachen a todas de putas —exclama.
Mis ojos recorren cada uno de sus rostros. Busco algo. Un poco de apoyo. Una mínima defensa. Nada. Solo silencio. Cobardía.
—Nuestra escuadrilla ya tiene mala fama. Yo tomaré el mando. Las llevaré a la gloria —anuncia Selene, mirándome con desprecio, colocando las manos en jarras—. No nos haces falta, Ana, a nadie, es tiempo de que recuperemos el respeto que tú nos quitaste.
Todas le aplauden.
Estoy siendo un maldito espectáculo con los chicos del equipo de fútbol americano que miran hacia nosotras. Recojo mis cosas. No voy a quedarme donde no me quieren. Pero me arde. Me arde hasta los huesos.
—Lo siento —murmura Marcela, acercándose con la mirada baja.
—No lo sientes. No lo suficiente —le espeto, apartándola—. Y deja de verme como si fuera un cachorro apaleado.
Me alejo, soy rápida, los pasos firmes sobre el césped. Estoy por llegar al borde del campo cuando oigo el grito:
—¡Cuidado!
Alzo la vista, todo va en cámara lenta.
Un balón de fútbol americano vuela directo hacia mí. Sus costuras giran, perfectas, asesinas. No hay tiempo para pensar. Estoy a punto de agacharme cuando siento el impacto. No del balón, de un cuerpo.
Tyson.
Me cubre. Me tumba al suelo, protegiéndome con sus brazos, con su cuerpo. Su aliento me roza el cuello.
—¿Estás bien? —pregunta, mirándome fijo, escudriñando mi rostro a detalle.
Asiento, aún aturdida, es entonces que lo veo.
Kabil.
Camina hacia nosotros. Recoge el balón sin decir palabra. Su traje de Quarterback se le ajusta al cuerpo como una segunda piel. Musculoso, firme, impecable. Su rostro no muestra nada. Ni una emoción. Ni un gesto. El maldito lo hizo a propósito.
Lo odio.
Sus ojos se clavan en los míos, luego en los de Tyson, quien aún está sobre mí. El silencio es asfixiante.
—Vuelve al juego —le dice a Tyson, con voz grave y ronca—. No necesitamos más mala reputación en el equipo.
Y se marcha.
«Maldito»
Tyson me ayuda a levantarme. Me sacudo el polvo, aún con el corazón acelerado.
—No le hagas caso. Es un imbécil.
—Eso ya lo sé.
Siento un cosquilleo en la nuca, miro sobre mi hombro y me encuentro con los ojos de Kabil Watson, anclados en mí, recorre mi cuerpo de pies a cabeza, le sostengo la mirada, si no pienso dejar que el mundo me escupa, mucho menos voy a dejar que el chico que más detesto en la vida, quiera coronarse como el rey del club de idiotas que me quieren intimidar.
—Si quieres te acompaño a…
Rompo el contacto visual y me enfoco en Ty.
—No, estoy bien.
—Mientes.
—Te dije que no —recojo mis cosas—. Te llamo luego.
Me pongo de puntitas y le doy un beso en la mejilla.
—No vaya a ser que comiencen a molestarte por mi culpa.
—Pueden pensar lo que quieran, Ana, nada ni nadie hará que deje de ser tu amigo.
Sonrío y giro sobre mis talones, cualquier chica en mi lugar estaría llorando, pero yo no, se me secó todo por dentro. De regreso a los vestidores, tiro el uniforme de porrista que alguna vez me hizo sentir bonita.
—Tampoco me gustaba el azul —me digo a mí misma en un tono apenas audible, dejando que el silencio ensordecedor me envuelva.
Después de las clases, me cambio en los casilleros. El agua de la ducha no logra limpiar lo que siento bajo la piel. Me visto, tomo mis cosas y salgo del edificio. Mi primer día fue una mierda, nadie quería acercarse a mí, sentarse a mi lado, mucho menos hacer equipo conmigo en la clase de periodismo, creyeron que me sentó mal ese trato, fue todo lo contrario, encuentro paz en mi soledad, y no tengo que estar lidiando con la lástima o el desprecio de todo aquel que se me acerca.
El único detalle que me causó malestar, fue que el profesor Leonardo, jefe de periodismo en la facultad, me trató como peste cuando fuí siempre su alumna favorita, la dureza con la que se dirigía hacia mí, hizo que la única persona que valía la pena salvar del resto, fuera una más de mi lista negra.
El sol empieza a caer cuando llego al estacionamiento. Estoy por abrir la puerta de mi coche cuando la veo. Caroll, colgada del brazo de Kabil.
—¡Ana! —grita, radiante—. Él es mi nuevo mejor amigo, lo he invitado a la casa.
No entiendo. No quiero entender porque el universo se empeña en hacer de mi vida, un agujero n***o.
—Me salvó de unas chicas que estaban siendo pesadas conmigo. ¿No es adorable?
Nuestros ojos se cruzan. Kabil me mira. No sonríe. Yo tampoco. Pero la tensión entre nosotros se siente como una cuerda a punto de romperse.
—¿Te molesta? —insiste mi prima.
Que asco, veo cómo ella lo mira, si supiera la clase de persona que es él… no respondo nada, conozco a mi prima cuando quiere algo, si se lo niego, se convertirá en una obsesión, y no quiero lidiar con Kabil.
—Haz lo que quieras —me limito a responder.
Abro la puerta y entro al coche sin decir una palabra más. Mi garganta se cierra, no por celos, por algo más profundo, más oscuro, más roto. Y me odio un poco por sentirlo.
—¡Te lo dije, mi prima es la mejor! —grita Caroll.
El volante tiembla entre mis dedos cuando entran, el ambiente se pudre con el olor a loción masculina de Kabil, siento sus ojos fijos en mí. O tal vez soy yo. No lo sé. Lo único que escucho es la voz aguda de Caroll retumbando en la parte trasera del auto. Ríe, parlotea, hace comentarios estúpidos en cuanto arranco, como si estuviéramos saliendo de una tarde de compras y no de una emboscada emocional cuidadosamente ejecutada por su pequeña y patética cabecita.
—¡¿Ustedes son amigos?! Deben de conocerse como mínimo ¿no?
—No.
—Sí —responde él al unísono.
El breve silencio de mi prima me estresa.
—Ana y yo somos viejos amigos —él miente.
—Oh —las manos de Caroll se colocan en mis hombros y aprieto con más fuerza el volante—. Me alegra saber que alguien como Kabil esté de tu lado, Ana.
La odio, lo odio, los odio a los dos. Bueno… no, a Caroll no la odio, pero él, es otra historia.
—Hubieras visto cómo Kabil hizo callar a Selene, una chica que me estaba insultando por ser tu prima, no hizo falta que dijera nada, solo la miró y ella se meó en su uniforme de porrista —dice, soltando una risita encantada—. Fue como… ¡Guau! De verdad que tiene algo, ¿no crees? Deberías echarla del equipo.
—Ella no puede hacer eso —la voz ronca y cruel de Kabil, me eriza la piel.
—¿Por qué no? —pregunta Caroll.
—Porque Ana ya no es la capitana de porristas, ellas la echaron —confiesa lento, él está disfrutando de dejarme mal parada frente a mi familia.
Mis dientes rechinan.
—Ana, no sabía…
—Tú no sabes nada, Caroll, mejor cierra la boca.
El atardecer tiñe la carretera de un rojo encendido que me quema los ojos. El sol se cuela por el parabrisas con una intensidad que no debería ser legal a estas horas del día, y la cabeza me late con fuerza, justo detrás de los ojos.
—Bueno, cambiemos de tema, ¿no te parece que Kabil y yo hacemos bonita pareja? Míranos.
—No lo sé, Caroll. Estoy manejando —respondo seca, sin girar la cabeza.
—Ay, qué genio. Solo decía que es mi tipo, porque estuvo tan caballeroso, y cuando me sostuvo el bolso mientras sacaba mis llaves, yo… ¡ay, me derretí!
Habla como si el pendejo no estuviera presente, ¿a qué vino? Algo trama, no pienso dejar que haga de Caroll una más de su lista. Ella no es para él. Juro que ella no va a caer en su dominio, no pienso dejar que la use como un juguete nuevo.
—Solo hice lo que se debe hacer con una chica hermosa, nena —le dice él y ella chilla de emoción.
No puedo evitarlo. Suelto un suspiro sonoro. Largo. Cansado. Podría apagar la radio, pero ella es peor que cualquier estación estática: nunca deja de hablar. Llega un momento en el que veo a través del espejo retrovisor a Kabil, va sentado en silencio, mirando por la ventana. Como si estuviera por encima de todo esto. Como si no hubiera arruinado por completo mi tarde, mi día, mi jodido año.
No presto atención a lo que mi prima parlotea hasta que apago la radio, me volveré loca con tanto ruido a mi alrededor.
—¿Y tú qué opinas, Kabil? —le pregunta Caroll con su vocecita dulce de princesa Disney en ácido—. ¿No crees que Ana es hermosa? Incluso más que yo.
—Prefiero no opinar —responde él sin molestarse en mirarla.
Frunzo los labios. ¿Por qué demonios viniste?
—¡Dios! Ana derrite a cualquiera, debiste haberla conocido hace dos años, cuando fue a Miami de vacaciones, los chicos no paraban de pedirle su número, ella era una persona cool, antes de… —su voz se va apagando, no lo hace a propósito, pero jode de cualquier manera—. Lo siento, Ana, no quise decir eso…
Aprieto el volante con más fuerza. Cada kilómetro hasta mi casa se me hace eterno, como si las calles se estiraran de puro capricho. La tensión en mi nuca se vuelve insoportable, una soga invisible tirando hacia atrás.
Cuando por fin doblo en la esquina de mi calle, ya no soporto un segundo más esa voz chillona en mi oído. Ni su risa. Ni su perfume caro que invade todo el auto. Ni a él, con ese silencio espeso que se cuela como gas venenoso en cada rincón.
Apenas estaciono, apago el motor y salgo sin mirar atrás. La puerta se cierra de un portazo tras de mí. El viento de la tarde me sacude el cabello y me alivia un poco el ardor de la cabeza. Respiro por la nariz. Una, dos, tres veces. El cielo está naranja y púrpura, parece que está a punto de incendiarse.
Subo las escaleras sin decir palabra. Cada peldaño cruje con mi peso. Cuando llego a mi cuarto, lanzo la mochila al suelo y me encierro en el baño. Me desnudo con rabia. La ropa cae al suelo, me quema. Abro la ducha y dejo que el agua caiga sin piedad sobre mí. Últimamente, me gusta bañarme a cada rato.
Sobreviví, eso es lo que hago, eso es lo que soy, una superviviente. No lloro, aunque empuje todo por hacerlo, no me salen lágrimas. Ya sabía que esto iba a pasar tarde o temprano. Las porristas dándome la espalda. Los rumores. Las risas. Las miradas. Ser el chiste de todos. Lo sabía. Lo esperé. Y, aun así, duele.
El agua resbala por mis hombros, por mi cuello, por mi pecho, quisiera que me arrancara la piel. Pero no, el agua no me purifica, no me limpia. Solo me recuerda lo sucia que me siento por dentro. No por lo que hice. Sino por cómo me miran ahora. Como si fuera menos. Como si ya no importara, usaron mi cuerpo a su antojo y ahora la sociedad me descarta.
Cuando salgo, el baño está lleno de vapor. Me envuelvo en la toalla blanca, con el cabello mojado pegado a la espalda. Camino hasta mi cuarto, con el cuerpo entumecido por dentro.
Y entonces doy un respingo.
—¿Qué carajo haces en mi cama?
Caroll está ahí. Recostada como una maldita princesa, con el celular en alto y los pies cruzados. Ni siquiera se inmuta.
—Mis tíos llamaron hace un rato —sonríe como si nada—. Dicen que llegarán tarde. Y también que le dieron el día libre a la sirvienta.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Ay, Ana —hace un puchero, con los ojos grandes, dramáticos—. Por favor… ¿podrías tú preparar la cena esta noche? No sé usar ni el microondas, y tengo un hambre horrible. Prometo ayudarte a poner la mesa.
La miro. Quiero gritarle. Quiero sacarla de mi cama a patadas. Pero no tengo fuerzas. No después del día de mierda que he tenido.
—Bien —cedo, dejando caer los hombros—. Entre más rápido cenemos, más rápido te vas a dormir.
Tenemos la misma edad y ella actúa como una niña de cinco años y yo la anciana que debe cuidarla. Caroll sonríe, triunfante, y se incorpora con la agilidad de una pequeña que acaba de salirse con la suya. Está por salir de la habitación cuando se detiene en la puerta.
—Ah, por cierto. Seremos tres.
Frunzo el ceño.
—¿Tres?
Se gira, como si no entendiera mi confusión.
—Sí. Kabil ¿recuerdas? Mi nuevo mejor amigo, se queda a cenar.
—¿Por qué lo invitaste? —le reclamo.
—Yo no lo hice, él lo propuso.
—Olvídalo —arguyo sin darle tiempo de formular otro berrinche—. Se tiene que ir.
—Ana, él me gusta, en serio, no me quites esto —me lanza una mirada de cachorro.
Trago grueso, no lo quiero cerca de mí, de mi hogar, mucho menos de mi familia.
—Por fa —me abraza.
Mientras más rápido acabe esto, más rápido podré dormir, porque en la noche es cuando puedo descansar, es cuando los monstruos atacan, al menos en ese infierno puedo enfrentarme al demonio que crearon dentro de mí.
—Bien —respondo de mala gana.
—¡Te adoro! Le diré a Kabil que has aceptado, se pondrá feliz —cierra la puerta antes de que pueda gritarle cualquier obscenidad.
Me quedo sola, inmóvil, con la toalla húmeda pegada al cuerpo y el corazón latiéndome en las sienes.
Kabil se queda a cenar, la ansiedad estalla en mi sistema, cierro los ojos, inhalo hondo y pienso, con una calma tan fría que me asusta:
¿Y si lo enveneno de una vez por todas?