Un agudo pitido inundó la habitación. Sebastian se despertó sobresaltado cuando éste se repitió por segunda vez. Inmediatamente dirigió los ojos al reloj. Las seis y cuarto de la mañana. ¿Quién podría llamar a tan intempestivas horas? —¿Diga? —respondió con la voz aún cargada de sueño. Apenas había dormido un par de horas y estaba agotado física y mentalmente. La noche anterior supuso una durísima prueba para él, que contribuyó a mermar su ya escaso autodominio y a sumirle en un lamentable estado de alteración nerviosa, traducido en varias horas dando vueltas en la cama sin llegar a conciliar el sueño. Cuando consiguió alcanzarlo, éste estuvo plagado de tormentosas pesadillas en las que se veía encadenado mientras una seductora Karla lo tentaba con su erótica danza. Luchaba denodadamen

